La ceremonia había comenzado en medio del bullicio y el humo de Kilburn, el barrio londinense en donde los irlandeses eran mayoría. Aquella tarde de febrero de 1968, ningún espectador esperaba una función de ilusionismo ni la resurrección de un santo. Michael Meaney descendió voluntariamente a un ataúd de madera, dispuesto a permanecer confinado bajo tierra durante […]
