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Con un Ford A de 1931 viajó por Argentina, América y Europa

A Horacio Vissani la historia le venía de antes, aunque él no lo supiera. Su abuelo -al que nunca conoció- tenía un Ford A en la ciudad de Salto, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires.

Su padre, empleado estatal que recorría los campos vendiendo bolsas de arpillera, mantuvo la tradición: “Siempre fue de Ford, y también tuvo Ford A”, cuenta.

Y también Horacio lo tuvo, de joven. Lo usaba para moverse por el pueblo, para salir, para la vida cotidiana. Pero lo vendió en los años 70, sin pensarlo demasiado. “Me lo compró alguien de Estados Unidos. Me mandó cinco dólares para que le enviara fotos y después me pagó 200. Nunca más lo vi”. El auto terminó lejos, convertido en pieza de colección, y él siguió con su vida.

“Se encuentra mucha solidaridad en la ruta”, asegura Horacio, ya con miles de kilómetros recorridos. Foto Horacio Vissani.

Durante décadas, el vínculo con los Ford A quedó en pausa. Hasta que algo se movió. “Cuando cumplí 55 años me dio como una regresión”, dice. Su padre estaba en un geriátrico y eso, más los años que se sumaban, lo llevó a mirar hacia atrás. Entonces decidió comprar un Ford A y empezar a meterse en grupos, a aprender, a entender el auto.

El punto de quiebre fue la muerte de un amigo cercano; uno de esos momentos en los que “uno se da cuenta de que el tiempo no sobra”. Y un día, tomando mate a la orilla del río, se decidió: “Si él pudo hacerlo, ¿por qué yo no?”, se dijo, pensando en ese amigo que se había animado a salir a la ruta en un Ford A.

A 60 o 65 km/h, el recorrido es más que un simple viaje. Es un disfrute del auto, de los paisajes y de las reacciones de la gente. Foto Horacio Vissani

No hubo casi planificación, más que una fecha: 14 de marzo de 2015. Ese día cargó algunas cosas en el viejo compañero de ruta y partió desde Salto. Su destino era La Quiaca, en el norte de Jujuy.

Un viaje que fue como una declaración de principios. A las cuatro de la mañana, con apenas lo necesario, arrancó por la ruta 9, y a poco de salir llegó la primera “prueba de fuego”: en Bigand se le quemó la junta de la tapa de cilindros. Superó la prueba pidiendo una herramienta en un taller y haciendo el arreglo él mismo. “Si con estos autos no te das maña, no podés salir a la ruta”, dice.

A 60 o 65 km/h, el recorrido se transformó en algo más que un simple viaje. Era un disfrute del auto, de los paisajes y de las reacciones de la gente: “Todo el mundo me saludaba y la policía me paraba… para sacarse fotos”, recuerda. El Ford A, vestido con calcomanías y una bandera argentina, se convirtió en una especie de embajador rodante.

También en una excusa para generar encuentros. En Villa María, por ejemplo, lo ayudó un coleccionista; en un punto del camino que no recuerda con exactitud, tres motociclistas europeos pegaron la vuelta solo para ver si necesitaba algo, actitudes que pronto se transformaron en habituales. “Se encuentra mucha solidaridad en la ruta”, sentencia Horacio hoy, ya con miles de kilómetros recorridos.

Y también mucha creatividad para idear soluciones caseras a los inconvenientes que se presentan. Como en La Quiaca, cuando el motor comenzó a rendir menos, por la altura. “Había escuchado que en esos casos había que poner cebolla en el filtro de aire. Así que probé; corté una cebolla y la puse en el filtro. El aire cambió totalmente”. El recurso-mito demostró ser real.

El recorrido siguió sin sobresaltos: el NOA, muchos km por la ruta 40 y regreso a Salto. En total fueron 5.300 km, casi sin problemas: “Se quemó un foquito, pinché una goma, nada más”.

Competencia de clásicos. El Ford A de Horacio en el "cementerio de trenes" de Uyuni. Foto Horacio Vissani

Dejar que el viaje suceda

Ese viaje fue mucho más que ver paisajes. Fue, sobre todo, una forma de reconectar. “Creo que todos hacemos algo porque lo traemos de algún lado, en la sangre”, reflexiona Horacio. Especialmente en el mundo de los autos antiguos, dice, la historia se repite: padres, abuelos, recuerdos que vuelven.

Esa lógica también explica lo que vino después. En Mendoza, un conocido le habló de un encuentro en Villa Mercedes. Fue, conoció a fanáticos de distintos países y terminó integrándose a una red latinoamericana de amantes del Ford A.

En la inmensidad del salar de Uyuni. Foto Horacio Vissani

Con el tiempo, los viajes crecieron. Un día un conocido, radicado en Francia, le dijo que soñaba con hacer el Camino de Santiago. Vissani fue directo: “A cierta edad hay que ponerse una fecha, no podés dejarlo para ‘algún día’”. En pocos días, el amigo volvió con una idea concreta: comprarse un Ford A y viajar por Europa.

Fue otra aventura. El auto se preparó en Argentina, se envió en barco a Francia, y en mayo de 2019 partieron de París hacia Roma, con la misma lógica: ir despacio, sin apuro, dejando “que el viaje suceda”.

Luego lo contactó un seguidor sanjuanino, Alfredo Rodríguez, también dueño de un Ford A -de 1929-, quien le propuso hacer una travesía por el paso de Agua Negra, en San Juan, que es muy desafiante por el ripio y porque el cruce está a nada menos que 3.8000 msnm.

Los tres Ford A que desafiaron el paso de Agua Negra, a casi 4.000 msnm. Foto Horacio Vissani

Se les unió Norberto Iglesias, de San Pedro, con otro Ford A de 1930, y todo fue bien hasta que llegando al paso se fundió la biela de un motor. “Lo desarmamos, sacamos la tapa de cilindros, cambiamos la junta y la biela y seguimos… un trabajo de mecánica pesado a casi 4.000 msnm.

Éramos cuatro y nos llevó más de tres horas, e incluso usamos tubos de oxígeno para no descompensarnos”, cuenta. Llegaron a Coquimbo a las 10 de la noche, “algo más tarde de lo previsto”, dice Horacio, y agrega que en los viajes “siempre llevamos repuestos, por las dudas”.

De La Serena “bajaron” hasta Viña del Mar y Santiago, y luego enfilaron directo a la Cordillera: los tres Ford A, de casi 100 años, subieron sin problemas los exigentes “caracoles” hasta el paso Los Libertadores, para llegar a Mendoza.

No sin una anécdota imperdible en Santiago, cuando quisieron visitar una feria callejera. Allí se toparon con los Carabineros, que en lugar de multarlos o advertirlos, los escoltaron a través de la feria, donde charlaron con los feriantes e hicieron algunas compras. Y hasta los invitaron a tomarse fotos en los autos de Carabineros.

En el encuentro latinoamericano de Ford A en Cusco, Perú. Foto Horacio Vissani

En 2024 Horacio viajó a CuscoPerú, al segundo encuentro latinoamericano de Ford A. Allí se encontró con Cristian Delaporte, que tiene uno de 1929, y volvieron andando hasta Tucumán. “Cruzamos todo Bolivia, La Paz, el Altiplano, el salar de Uyuni; pasamos frío, hubo cortes de ruta, piquetes… pero el auto, ningún problema”, relata.

A fines de 2024, con un amigo, unieron en un Ford A Los Ángeles y Daytona: 4.000 km de costa a costa, en 18 días, por el sur de EE.UU., pasando por sitios como Las Vegas, el Cañón del Colorado o Nueva Orleans, hasta Florida.

Llegando al Cañón del Colorado, en su travesía por el sur de Estados Unidos. Foto Horacio Vissani

La última aventura fue en marzo de este año, en el tercer evento latinoamericano de Ford A en Cancún, donde “nos prestaron un Ford A y recorrimos parte de la Riviera Maya, Cozumel, etc.” Anticipa que al cuarto encuentro, en 2028 en Brasil, “seguramente iremos andando”.

Hoy, con 72 años, Horacio tiene cuatro Ford A -tres de 1931 y uno de 1930- y sigue sumando kilómetros. Ya prepara su próxima travesía, aún sin fecha: cruzar a Santiago de Chile y poner rumbo a la Patagonia, volviendo a la Argentina “probablemente por Bariloche”.

Un recorrido de casi 4.000 km entre Los Ángeles, en el Pacífico, y Daytona, en el Atlántico. Foto Horacio Vissani

Un nueva aventura para sumar a estos incansables autos clásicos, capaces de enfrentar cualquier desafío.