El lunes 30 de marzo un tiroteo escolar en Santa Fe conmocionó a la Argentina. Un estudiante de 15 años, identificado como Gino C., ingresó a su colegio, la Escuela Normal Nº40 Mariano Moreno de San Cristóbal, con una escopeta que había robado del armario de su abuelo y mató a un alumno de trece años e hirió a tres más.
Al poco tiempo, amenazas de nuevos tiroteos escolares aparecieron en pintadas de colegios de todo el país y en redes sociales, que terminaron con varios adolescentes detenidos y apuntados como los responsables. Detrás de estas acciones, hay una problemática que no para de crecer: los menores de edad forman parte de subculturas digitales violentas donde se venera a asesinos en masa.
Investigaciones de las fuerzas de seguridad argentinas revelaron que Gino C. formaba parte de una comunidad virtual conocida como True Crime Community (TCC), integrada por jóvenes que comparten en internet contenido sobre asesinatos, tiroteos escolares y violencia extrema. Los especialistas vinculan estos espacios con una corriente digital conocida como “violencia nihilista”: grupos sin una motivación política, religiosa o ideológica definida, donde predomina una visión misantrópica del mundo y la fascinación por la violencia.
Se basa en la sustitución de la ideología por la estética: sus miembros se consideran fanáticos de los asesinos en masa, como los tiradores escolares (school shooters), al punto que investigan a fondo y replican sus gestos, vestimenta y gustos.
“Últimamente estamos viendo un aumento de la violencia asociada a estas comunidades. También hay una suba en la participación, en línea con el mayor uso de redes sociales por parte de los jóvenes”, explicó Cody Zoschak, senior manager del Institute for Strategic Dialogue (ISD), una organización sin fines de lucro que trabaja para encontrar soluciones para combatir el extremismo hace más de 20 años con sedes en Reino Unido, Estados Unidos y Alemania.
“Pueden llegar a ser inquietantemente jóvenes. He visto chicos de apenas diez años involucrados”, explicó.
Sin embargo, estas subculturas digitales no son nuevas: pueden rastrearse a finales de los ‘80 y su punto más conocido fue en 1999, con la masacre de Columbine, donde dos estudiantes mataron a 12 alumnos y un profesor antes de suicidarse. Tampoco es la primera masacre escolar que se vive en la Argentina: hay dos antecedentes destacados.
La masacre de “Pantriste”, donde Javier Romero, de 19 años, mató a un alumno e hirió a otro en una escuela de Rafael Calzada en el 2000 por el acoso escolar que sufría; y la masacre de Carmen de Patagones, donde el alumno Rafael Solich, de 15 años, mató a tres estudiantes e hirió a otros cinco en su escuela en 2004. Tanto Solich como Romero fueron internados en establecimientos psiquiátricos y no cumplieron penas de prisión por ser inimputables.
Si hay antecedentes de tiroteos escolares en la Argentina, ¿cuál es la diferencia entre esa época y ahora? El caso de San Cristóbal activó en el país una sensación de alerta que solía ser desconocida para las comunidades educativas. Sin embargo, el bullying y la marginalización en la adolescencia -dos de los principales desencadenantes de la violencia nihilista- existieron siempre. Pero actualmente esa circunstancia de vulnerabilidad es captada por un mundo virtual que la absorbe y la convierte en una forma de odio colectivo.
Aunque autoridades educativas de Santa Fe y los alumnos de la escuela describían a Gino C. como un buen compañero sin problemas de conducta o de relación con otros estudiantes, el joven poseía una vida paralela en internet, donde hablaba en grupos de la TCC a través de la plataforma conocida como Discord.
“Esto no es crimen organizado. No hay una estructura donde los jóvenes son peones. Estos grupos lo que buscan es incidir a que uno tome sus propias decisiones, pero en base al odio”, explicó Pilar Ramírez, vicepresidenta del International Centre for Missing & Exploited Children (ICMEC).
Las subculturas virtuales sembraron sus semillas en Internet y florecieron en los últimos cinco años. Los jóvenes tienen acceso a las plataformas que no son monitoreadas, y ya no se sienten aislados porque se encuentran con la misantropía rápidamente.
Se trata de un fenómeno que crece constantemente a medida que sus miembros intentan reclutar más víctimas. A diferencia del extremismo violento, que suele requerir de altos niveles de planificación y pasar por un adoctrinamiento ideológico, la violencia nihilista baja la vara: se saltea estos pasos y pasa directo a la acción.
Estas subculturas, cuyos lugares de captación son las esferas más superficiales de la web, cautivan a los jóvenes con un discurso que engloba lo que ellos mismos no pueden describir: que el aislamiento provocado por los traumas que experimentan es, en realidad, una manifestación directa de una humanidad condenada a la maldad y que no merece existir. Así, tras su ingreso a las comunidades, las víctimas se convierten también en perpetradoras.
En paralelo, la respuesta de las fuerzas de seguridad se complica a lo largo del mundo no solo por la corta edad de los involucrados, sino también porque se trata de comunidades de carácter transnacional y sin una sede puntual.
El ISD identificó casos de la TCC en 16 países, incluida la Argentina. En nuestro país, las fuerzas de seguridad registraron 15 casos similares en dos años. En paralelo, el crecimiento de estas comunidades despertó el interés de autoridades judiciales.
La titular de la Unidad Fiscal Especializada en Delitos y Contravenciones Informáticas porteña (UFEDyCI), Daniela Dupuy, confirmó que abrieron una investigación junto con el Cuerpo de Investigaciones Judiciales porteño con el objetivo de “detectar estos grupos que incentivan a que se lleven a cabo estos tiroteos”.
“La TCC es lo más popular en internet ahora mismo”, aseguró Zoschak. En el ISD ya encontraron casos en Estados Unidos, Azerbaiyán, Rusia, Ucrania, Reino Unido, Canadá, Brasil, México, Rumania, Indonesia, Malasia, China, Austria, Turquía, Finlandia y la Argentina.
La violencia de sus miembros suele estar vinculada a necesidades emocionales, como la búsqueda de reconocimiento, pertenencia o impacto. Paula Wachter, fundadora y directora ejecutiva de Red por la Infancia, que combate la violencia digital en niños y adolescentes, aseguró que hay cinco características principales en sus miembros: “Que adhieran a la misantropía, que tengan problemas de salud mental, que sean víctimas de bullying y conflictos familiares, que consuman gore -fotos/videos que representan lesiones, traumas, torturas o muertes, ya sean reales o simuladas- y que tengan conexión con comunidades extremistas”.
A diferencia del extremismo tradicional, la violencia nihilista genera un abanico más amplio de daños, como la explotación sexual, delitos informáticos y violencia en el mundo real, desde autolesiones y maltrato animal hasta ataques masivos como tiroteos escolares.
En términos de funcionamiento, suelen utilizar redes sociales como X o Reddit para identificar y contactar a posibles víctimas, muchas veces menores, así como aplicaciones populares entre jóvenes, como Roblox. Una vez iniciado el vínculo, la interacción suele trasladarse a plataformas más cerradas, como Discord o Telegram.
En el caso de la True Crime Community, sus usuarios rinden homenaje y glorifican a asesinos y terroristas. “En esencia, son un fandom muy poco estructurado. No es una organización extremista. No es una organización de ningún tipo”, explicó Zoschak. Y añadió: “Algunas personas están obsesionadas con Star Wars o la última boyband. Estas personas están obsesionadas con los asesinos en masa”.
Desde el caso de Gino C., la imagen del joven comenzó a aparecer en plataformas donde se manejan estas comunidades a las que accedió LA NACION. Pueden encontrarse en Tumblr, TikTok, Discord, Telegram y Pinterest. En Tumblr, uno de los sitios donde prevalecen las narrativas de la TCC, sus miembros comparten fotos, videos e incluso fan edits del argentino. “No es por ponerme nervioso, pero como fan del true crime, me emociona un poco que haya habido un caso en mi país”, escribió uno de ellos, que se reconocía como argentino.
Lo mismo hacen con otros asesinos en masa. Algunas publicaciones mostraban a sus fanáticos compartiendo las fechas de los cumpleaños de varios tiradores reconocidos, como Eric Harris y Dylan Klebold, autores de la masacre de Columbine en 1999, para celebrarlos. Incluso Gino C. tenía una foto donde usaba una remera negra que decía “Wrath” [ira en español], idéntica a la remera que usaba Klebold.
“Creemos que él estaba muy interiorizado en la comunidad porque no solo publicaba sobre tiradores bastante comunes [entre los miembros de la TCC], sino también sobre perpetradores menos conocidos”, explicó Zoschak.
Quienes pertenecen a la TCC rara vez, o nunca, fomentan directamente el uso de la violencia. Sin embargo, los TCCers producen una gran cantidad de contenido que, explícita o implícitamente, glorifica el uso de la violencia y tiene el potencial de incitar a otros a la violencia. Esto suele incluir fanfiction, arte o escritura.
Ramírez ve en las víctimas de la violencia nihilista una vulnerabilidad similar a la que ocurre en el acoso de menores. “Es lo mismo que pasa con los procesos de grooming. Son niños y adolescentes que están teniendo problemas escolares, familiares, que están sufriendo aislamiento y bullying, y ven identidades en las que ellos se pueden reflejar en estos grupos cerrados”, explicó. Y sumó: “Muchas veces ellos fueron víctimas de la sociedad o su familia antes de ser victimarios”.
Zoschak señaló que es normal que los adolescentes sufran de depresión, que se sientan misantrópicos o desesperanzados. “El problema es que, antes, esas emociones se canalizaban en la vida cotidiana: en la escuela, con la familia, en un club, donde fuera. Tu peor influencia solía ser el peor chico de tu colegio. Hoy, en cambio, la peor influencia puede ser la peor persona de internet. Y la peor persona en internet es mucho peor que la peor persona de tu colegio”.
Sin embargo, este tipo de subculturas muestran una excepcionalidad en relación a otras donde muchas veces la instigación a la violencia ocurre de parte de los adultos. “Ya no es un adulto que se infiltra, sino que son los propios adolescentes los que generan esta subcultura digital. Es un vacío que se llena con sobreconectividad y falta de relaciones”, explicó Wachter.
Uno de los factores que puede acelerar el traspaso a la violencia en el mundo real es la convivencia de los TCCers con grupos extremistas con motivaciones ideológicas. “Estamos empezando a ver a los TCCers en otras redes sociales, lo que significa que es posible que otros grupos más violentos estén interactuando con ellos. Y estos grupos no te van a desanimar a llevar adelante un tiroteo. Van a decir: ¿qué podemos hacer para que lo logres?”, afirmó Zoschak.
Sumado a esto, el especialista explica que el nivel de notoriedad que la comunidad buscaba previamente para actuar ha disminuido. Antes, los TCCers buscaban aparecer en la portada de los diarios, en la televisión y volverse altamente conocidos, pero ahora solo les basta con ser conocidos por la TCC.
Por ello, una de las principales señales que se pueden identificar antes de que un miembro de la subcultura realice un ataque es que sus perfiles en redes sociales se vuelvan públicos. “Si tus perfiles son privados, eso no te ayuda, porque los TCCers no pueden ver quién eras y hacer fanedits sobre vos”, añadió.
Otro acelerador son los problemas de salud mental, como el abuso de sustancias, los desórdenes alimenticios y las autolesiones. “Debido a la fuerte participación de chicas en la TCC, solemos analizar a las comunidades online de trastornos alimenticios y de autolesión, que a menudo están vinculadas a estos espacios”, señaló Zoschak.
Esto puede empeorar con rupturas de pareja, intentos de suicidio recientes, conflictos con amigos o familiares y el miedo a ser internado en instituciones psiquiátricas. Los cambios bruscos en la vida, como un desalojo o la pérdida de un ser querido, y el estrés social, legal o económico pueden también acelerar la violencia.
Ramírez hizo un llamado a los padres y familias de estos jóvenes a prestar atención a los signos: “Hay señales de que un chico está aislado o sufriendo bullying, que es el relegado. Y muchas veces no se presta atención a esto hasta que hubo consecuencias”. Y Wachter advirtió: “Sin salud mental y redes de apoyo, todos los chicos están expuestos a caer en este tipo de comunidades”.
