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Buen dato de inflación, pero hay que revisar la estrategia

El dato de inflación de abril es, sin dudas, una buena noticia para Argentina. Después de varios meses donde el proceso de desinflación parecía haberse frenado, finalmente apareció una desaceleración que el gobierno necesitaba mostrar. Pero creo que sería un error interpretar este dato con triunfalismo o como señal de que el problema está resuelto.

Lo primero que hay que entender es que el año pasado la inflación volvió a acelerarse por una combinación de factores económicos y políticos. La incertidumbre electoral, las dudas respecto al programa económico y las tensiones cambiarias terminaron afectando las expectativas. Y en Argentina, las expectativas son casi tan importantes como las variables reales.

Hoy esa incertidumbre no desapareció. Cambió de forma. Ya no está asociada únicamente al calendario electoral, sino también a problemas internos del gobiernoconflictos políticos, dificultades en la toma de decisiones y sospechas de corrupción que erosionan confianza.

Sin embargo, más allá de la coyuntura, me interesa poner el foco en algo más estructural. El propio Javier Milei reconoció recientemente que los procesos de desinflación pueden durar entre siete y doce años. Y ahí aparece una primera contradicción con sus propias promesas de inflación prácticamente cero en el corto plazo.

La verdad es que casi no existen países con inflación cero. Lo normal en economías estables es convivir con niveles muy bajos —1%, 2% o 3% anual— producto de ajustes naturales de precios. Pretender eliminar completamente la inflación no solo es poco realista, sino que demuestra una comprensión parcial del fenómeno.

El problema argentino, además, es mucho más profundo. Tenemos restricciones estructurales que este gobierno todavía no modificó: un sistema tributario distorsivo, un esquema jubilatorio deficitario, un sistema financiero pequeño y caro, y un conjunto enorme de regulaciones que dificultan el funcionamiento normal de la economía.

Todo eso genera un piso inflacionarioArgentina no va a perforar fácilmente ciertos niveles de inflación si antes no realiza reformas profundas. Y ahí es donde aparece otra discusión importante: el gobierno habla permanentemente de reformas estructurales, pero muchas de ellas siguen siendo más anuncios que transformaciones concretas.

El presidente sostiene que ya realizó miles de reformas. Pero las verdaderas reformas estructurales —las que cambian reglas de juego permanentes— suelen requerir leyes, acuerdos políticos y mayorías sólidas. No alcanzan decretos o declaraciones. La experiencia internacional es muy clara en ese sentido.

Un ejemplo central es el Banco Central de la República Argentina. Ningún país logra estabilizar completamente su moneda sin una autoridad monetaria realmente independiente. Y hoy el Banco Central argentino sigue subordinado políticamente al Poder Ejecutivo.

Por eso creo que este dato positivo de inflación debe interpretarse con cautela. Argentina está volviendo, en el mejor de los casos, al sendero previo a la aceleración inflacionaria del año pasado. No estamos frente a una solución definitiva ni mucho menos.

Además, me preocupa el modo en que el presidente interpreta lo ocurrido. Volvió a hablar de intentos de desestabilización o incluso de golpes institucionales detrás de movimientos económicos. Si realmente cree eso, debería denunciarlo formalmente. Y si no, me parece una lectura equivocada de problemas que tienen más relación con falencias económicas que con conspiraciones.

Finalmente, hay una cuestión más profunda que atraviesa todo este debate: la relación del presidente con la crítica. Javier Milei parece convencido de que posee una verdad absoluta sobre la economía y sobre el funcionamiento del país. Y cuando alguien cuestiona sus diagnósticos o sus instrumentos, la reacción suele ser la descalificación o el enojo.

Eso es problemático porque ninguna disciplina avanza sin debate. Las ciencias progresan justamente porque las ideas pueden discutirse, revisarse y corregirse. Gobernar requiere esa capacidad de escuchar otras perspectivas, incluso cuando incomodan.

Por eso me hago una pregunta sencilla: si el presidente está tan seguro de tener razón en todo, ¿por qué reacciona con tanta irritación frente a quienes piensan distinto? Quien confía verdaderamente en sus argumentos no necesita encerrarse en conversaciones sin cuestionamientos.

Argentina necesita menos dogmatismo y más capacidad de revisión. Porque si las cosas no están saliendo exactamente como el gobierno esperaba, quizás el problema no sea solamente la realidad, sino también la manera de interpretarla./Sergio Berensztein