Es recurrente el planteo en la cúpula del poder libertario acerca de la necesidad de dar la batalla cultural, con éxito, en todos los frentes. Suena hasta lógico, ya que cualquier relato con pretensiones hegemónicas tiene que penetrar en las distintas capas sociales. De lo contrario, quedará limitado a un gobierno para un sector, para una minoría.
Paradójicamente, una de las principales barreras por las cuáles aún no hay una corriente «mileísta», como sí la hay «kirchnerista» o «macrista» y la hubo «menemista», es que el relato libertario no se propaga, no logra impactar como tal en los sectores populares.
Quedó demostrado este fin de semana con la muerte del Indio Solari, líder de la ya mítica banda de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, quizás, la más convocante de las últimas décadas. Ni Javier Milei ni ninguna de las espadas del Gobierno se pronunciaron sobre el fallecimiento de un referente de la cultura popular. Apenas tuiteó el secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, a quien muy pocos conocen. Quedaron al margen de un fenómeno que llenó la Plaza de Mayo espontáneamente como ningún espacio político puede hoy hacerlo y que invadió las redes sociales.
Se estima que más de dos millones de personas podrían asistir a la despedida del cantante. Para colmo, ocurrió el mismo fin de semana en que, salvando las distancias, otra cantante popular como Lali Espósito, que públicamente ha mantenido cruces con el propio Milei, llenó el estadio de River Plate y homenajeó al Indio Solari.
Esos cientos de miles de personas están muy lejos del radar mileísta; es un terreno desconocido para el oficialismo, aunque masivo. ¿Qué artistas populares son mileístas? Probablemente ninguno. Sí hay muchos que avalan o le dan un crédito a la gestión libertaria pero no anidan allí entusiastas del proyecto de Gobierno.
Por el contrario, totalmente desenfocado, una de las escasas voces libertarias fue la del biógrafo del Presidente, Nicolás Márquez, que calificó como «escoria social» a quienes participan del velorio del cantautor.
En los inicios, el mileísmo se acercó a los segmentos populares al denunciar a la casta, cuyos integrantes le robaban a los más necesitados. Pero terminaron siendo parte de la casta.
“Todavía estamos mal en sectores como sanidad, educación…tenemos mucho que mejorar. La clave es que la gente sienta que progresa. Necesitamos más bienestar y que la gente recupere ese sueño de país, de clase media”. La reflexión no corresponde a un opositor aliado ni al Presidente o al ministro de Economía, Luis Caputo. Son palabras de la senadora Patricia Bullrich al diario español El Debate.
El oportunismo y pragmatismo de Bullrich acaban de consagrarla como el actor político más relevante del Gobierno debajo de los Milei. En la única dirigente que le pone límites a la hermandad presidencial y hasta los hace recular. Probablemente la mesa chica libertaria debiera aggiornar el concepto de “Riesgo Kuka” al que tanto recurre para reparar en el “Riesgo Patricia”, que tiene un oído puesto en los reclamos del votante oficialista, y actúa en consecuencia.
En ese esquema se encuadran sus reclamos a Manuel Adorni, hace más de un mes, para que presente cuanto antes su declaración jurada en la causa por enriquecimiento ilícito porque estaba dañando a todo el Gobierno; los roces con Karina Milei que desconfía de ella y busca erróneamente imponerle límites a quien surfea en las aguas de la política, para distintos gobiernos, hace tres décadas; o su reciente diferenciación respecto del pliego de María Verónica Michelli a quien la Casa Rosada clausura por ser cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.
Ese trabajo artesanal le permite hoy a Bullrich coquetear con la candidatura a jefe de Gobierno porteño, a la vicepresidencia acompañando a Milei o bien, si el Gobierno no repunta ante el segmento de la sociedad damnificado, de romper con La Libertad Avanza e intentar nuevamente ser candidata presidencial. La senadora actuará, según el humor social hacia fines de este año.
Sin embargo, cualquier decisión debe ser quirúrgica porque si bien Bullrich es “un lobo solitario” dentro del esquema libertario, indefectiblemente quedó inmiscuida en la interna del Gobierno entre Karina Milei y Santiago Caputo, como todas las decisiones que se toman y son medidas en función del poder de uno y otro bando.
Hay un contratiempo que afecta a ambos adversarios internos por igual. La imagen de fajos de dólares sobre una mesa contados por efectivos policiales, o una montaña de billetes dentro de una valija, inevitablemente remite a La Rosadita o los casos de corrupción que marcaron a fuego la gestión kirchnerista y culminaron con su líder, Cristina Kirchner, presa en su domicilio y a punto de cumplir un año en esa condición.
El problema reside en que esas fotos son del 2026 e involucran a funcionarios de la administración de Milei, más allá que provinieran de la gestión anterior del tridente Alberto Fernández, Cristina y Sergio Massa.
Facundo Leal, quien desató el escándalo porque le encontraron 2,5 millones de dólares cash y droga, hace 20 años que se aloja en la función pública y estuvo en ARSAT durante la gestión kirchnerista de Fernández. En los primeros meses del gobierno de Milei, fue designado al frente del ORSNA, el organismo que regula y supervisa el sistema aeroportuario nacional, cargo que ejerció hasta enero de este año. Pero Leal era miembro de la denominada “banda de los mendocinos”.
¿Qué relación tiene este caso con el de ANDIS? El área de discapacidad que presidía Diego Spagnuolo y que implementaba un esquema corrupto de sobreprecios reconocido por el propio Ministerio de Salud. Se tratarían de esquemas de corrupción que llevan años funcionando y que trascienden los gobiernos si nadie decide remover a sus funcionarios. Sorprendería a cualquier distraído la cantidad de funcionarios que asumieron durante el kirchnerismo en cientos de organismos, muchos de ellos descentralizados, pero que dependen de la Nación, que continúan con sus tareas tras la asunción de Milei.
Ocurre que tanto Karina Milei como Santiago Caputo coincidieron en el inicio en cerrarle las puertas del Gobierno a Mauricio Macri, que ambicionaba ser parte de la flamante gestión. Es sabido que en aquél entonces, el macrismo contaba al menos con 150 funcionarios de segunda línea, técnicos, listos para asumir en la nueva administración. Nunca sucedió, pero tampoco se buscaron otros reemplazantes.
