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Martín Miguel de Güemes, el héroe incómodo de la independencia

Este lunes, en la Argentina se conmemora (por adelantado) el Día Nacional de la Libertad Latinoamericana, en recuerdo del paso a la inmortalidad del general Martín Miguel de Güemes, un caudillo salteño que durante años permaneció en las sombras de la historia argentina y al que el tiempo terminó otorgándole el lugar que le corresponde dentro del legado nacional.

Vale una aclaración: Güemes falleció el 17 de junio de 1821, pero la fecha se convirtió en uno de los feriados trasladables que suelen utilizarse para armar fines de semana largos desde que fue instituida como feriado nacional en 2016. Sin embargo, el reconocimiento oficial de Güemes como Héroe Nacional llegó recién en agosto de 2006.

Desde la historiografía oficial impulsada por Bartolomé Mitre, considerada la primera gran narrativa histórica nacional argentina, la figura del salteño quedó minimizada frente a otros próceres. El recelo de Mitre hacia los caudillos provinciales era una prolongación de la histórica desconfianza porteña hacia los líderes del interior, una tensión política que se remonta a los primeros años del siglo XIX.

Basta con leer cómo anunció La Gazeta la muerte de Güemes el 19 de julio de 1821:

“Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos con el favor de los comandantes Zerda, Sabala y Benítez, quienes se pasaron al enemigo. Ya tenemos un cacique menos…”.

Muy lejos quedaba aquella publicación de los ideales morenistas bajo los cuales había sido fundada.

Nacido en febrero de 1785, Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero Goyechea y la Corte (así era su nombre completo) fue un militar y político argentino que combatió por la independencia desde las Invasiones Inglesas, donde protagonizó la célebre captura de una goleta británica (¡a caballo!), hasta su muerte en junio de 1821.

Su momento de gloria llegó durante la defensa de la frontera norte en la gesta emancipadora. Al frente de sus Infernales, contuvo una serie de invasiones realistas mediante una estrategia basada en pequeños grupos móviles que hostigaban constantemente al enemigo, táctica que posteriormente sería conocida como la Guerra Gaucha.

Falleció el 17 de junio de 1821, a los 36 años, tras diez días de agonía luego de recibir un disparo durante un enfrentamiento contra las fuerzas de José María Valdez, que habían ocupado Salta con la complicidad de sectores de la élite local. Su muerte lo convirtió en el único general argentino caído en campaña militar frente a fuerzas extranjeras.

Bartolomé Mitre no solo fue presidente de la Nación (el primero de la Argentina unificada tras Pavón), sino también el autor de la primera gran versión de la historia nacional, que durante décadas sirvió de base para buena parte de los trabajos posteriores.

En sus escritos, Mitre cuestiona diversos aspectos de la figura de Güemes, influenciado en gran medida por las Memorias póstumas del brigadier general José María Paz, contemporáneo del caudillo salteño. De allí derivan varias de las características que posteriormente se le atribuyeron, muchas de ellas discutidas por la historiografía actual.

Aunque lo reconoce como un “patriota sincero y decidido por la independencia”, Mitre retoma las palabras de Paz para describirlo como un “orador gangoso”, “cómico en sus lujosos vestidos”, “demagogo excitando a los pobres”, además de considerarlo relajado en sus costumbres y falto de sobriedad.

También lo presenta como un “enemigo de la disciplina militar tradicional”, debido a su escaso apego a las estructuras regulares del ejército, pese a que había iniciado su carrera militar a los 14 años y acompañado al Ejército del Norte en numerosas campañas.

A su vez, lo cuestiona porque “nunca se presentaba en el peligro, al que lanzaba a sus gauchos fanatizados”, en una sutil forma de sugerir cobardía. Sin embargo, intenta justificar esa conducta señalando que, según los escritos de Paz, Güemes padecía hemofilia y que cualquier herida podía resultarle mortal.

No obstante, no existe documentación concluyente que certifique tal diagnóstico. El doctor Luis Güemes, descendiente del prócer y autor de la colección Güemes documentado, aportó documentación que señala que el caudillo sobrevivió diez días tras recibir una herida que derivó en una infección gangrenosa, circunstancia difícil de compatibilizar con un cuadro severo de hemofilia.

La historia oficial lo dejó de lado durante mucho tiempo, como también ocurrió con otros caudillos federales. Como líder del interior, se encontraba lejos de los centros desde donde se construyó una visión centralista, porteña y liberal de la historia argentina.

Gaucho y caudillo popular, Güemes era una figura incómoda para acomodarlo en los relatos históricos. No encajaba en el modelo clásico de héroe militar que durante décadas predominó en los manuales escolares y en la construcción simbólica de la nación.

Su imagen, su liderazgo basado en las milicias gauchas y su permanente confrontación con sectores de poder lo alejaban de los perfiles más tradicionales del panteón patriótico argentino, de perfume y sobriedad europea.

Y eso que su rostro es una reconstrucción: el retrato que conocemos de Güemes, con poblada barba y gesto adusto, fue creado por Eduardo Schiaffino en los primeros años del siglo XX, ya que el General jamás se dejó retratar para no darle pistas de su figura a sus enemigos.

La élite salteña lo observó con desconfianza durante gran parte de su gobierno y se vio obligada a contribuir económicamente al sostenimiento de la defensa de la frontera norte. Además, su proyecto político regional tampoco despertaba simpatías en Buenos Aires, lo que favoreció a que su figura quedara relegada en muchos relatos históricos.

Sin embargo, su papel en la independencia resulta innegable. La Guerra Gaucha, su estrategia militar y su capacidad de liderazgo político fueron ganando el reconocimiento que merecían con el paso de los años. Y es justo que así sea: no por nada José de San Martín depositó en él buena parte de la responsabilidad de proteger la frontera norte mientras avanzaba con su plan continental de liberación.

Dos siglos después de su muerte, la discusión sobre Güemes ya no gira en torno a si merece un lugar entre los grandes héroes nacionales, sino a por qué ese reconocimiento demoró tanto tiempo. Tal vez esa pregunta hable tanto sobre el caudillo salteño como sobre la forma en que los argentinos hemos elegido contar nuestra propia historia: desde el puerto y hacia adentro.