Hace apenas una década, el embarazo adolescente en Argentina preocupaba por sus altos índices. Las campañas de prevención, el Plan ENIA de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia y la Educación Sexual Integral lograron reducir a la mitad estos embarazos. Hoy las cifras muestran un panorama de la maternidad opuesto: prácticamente se duplicó la cantidad de mujeres que tienen hijos después de los 35 años.
Los datos oficiales muestran la transformación demográfica. En 2024, el 20% de los nacimientos del país —83.899 bebés— correspondió a madres mayores de 35 años. Dentro de ese grupo, casi 21.000 nacieron de mujeres de más de 40 años. Diez años antes, las mayores de 35 representaban apenas el 13% de los nacimientos.
La otra cara del mismo proceso aparece entre las más jóvenes. Mientras la maternidad tardía crece de manera sostenida, los nacimientos de madres menores de 20 años pasaron del 16% hace una década al 8,5% actual, alrededor de 35.000 bebés.
Detrás de esos números hay una transformación profunda de la manera en que las mujeres construyen sus proyectos de vida. Hoy estudian más años, acceden en mayor medida a la educación superior, participan del mercado laboral, desarrollan carreras profesionales, emprenden, forman pareja más tarde o, simplemente, esperan encontrar el momento que consideran adecuado para tener hijos. La maternidad, para muchas mujeres, dejó de ser un mandato para convertirse en una decisión.
Sin embargo, mientras la sociedad cambia, el cuerpo mantiene los mismos tiempos biológicos. «La expectativa de vida aumentó, pero la vida reproductiva prácticamente no cambió. La sociedad evolucionó mucho más rápido que la biología. Hoy las mujeres tienen hijos más tarde, pero el ovario sigue envejeciendo al mismo ritmo que hace miles de años», explica Agustín Pasqualini, presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMeR).
Esa tensión entre el cambio social y el reloj biológico explica parte de un fenómeno que crece año tras año: la preservación de la fertilidad mediante el congelamiento de óvulos.
Los datos del Registro Argentino de Fertilización Asistida (RAFA-SAMeR) muestran que los tratamientos de preservación de óvulos aumentaron cerca de un 500% desde 2013. En 2024 se registraron más de 2.000 procedimientos, y se estima que durante 2025 se realizaron alrededor de 4.500 ciclos de preservación de óvulos, una cifra que confirma que la tendencia continúa acelerándose.
Pero no sólo aumentó la cantidad de mujeres que consultan. También cambió el momento en que lo hacen. Hace una década la edad promedio para congelar óvulos rondaba los 38 años. Hoy se ubica alrededor de los 36. Para los especialistas, es una muy buena noticia porque la eficacia del procedimiento depende, en gran medida, de la edad en que los óvulos son preservados.
«La fertilidad disminuye progresivamente con la edad y esa caída se acelera después de los 35 años. Desde el punto de vista biológico, cuanto más joven es una mujer cuando congela sus óvulos, mayores son las probabilidades de utilizarlos con éxito en el futuro», explica Pasqualini.
Y agrega: «El mejor momento para congelar óvulos suele ser algunos años antes de creer que una los va a necesitar. El problema es que muchas veces nadie puede prever cuándo llegará ese momento.»
Hay mujeres que no encuentran la pareja con la que imaginan formar una familia; otras que priorizan terminar una carrera universitaria, consolidar un emprendimiento, alcanzar cierta estabilidad económica o esperar el momento que consideran más adecuado.
Cada vez con mayor frecuencia, aseguran los especialistas, los consultorios de medicina reproductiva reciben mujeres que no llegan desesperadas porque el tiempo se termina, sino buscando información para planificar el futuro.
Lorena Bozza, presidenta de la Asociación Civil Amada, sostiene que en los últimos años cambió por completo el perfil de las mujeres que consultan por preservación de la fertilidad: «Hace diez o quince años muchas llegaban angustiadas, cerca de los 40 años, cuando sentían que el tiempo se les estaba terminando. Hoy vemos algo diferente: llegan antes, buscan información y quieren planificar. Ya no esperan a tener un problema para consultar.»
Según Bozza, la mayoría de las mujeres que deciden congelar óvulos no está rechazando la maternidad.
«Lo que escuchamos todos los días es: ‘Quiero ser mamá, pero todavía no encontré el momento’. Algunas no encontraron la pareja adecuada; otras están consolidando su carrera profesional o un emprendimiento; muchas simplemente sienten que todavía no pueden ofrecerle a un hijo la estabilidad que desean«.
La especialista advierte que detrás de esa decisión no hay un único motivo: «Durante muchos años se instaló la idea de que las mujeres postergaban la maternidad únicamente por priorizar el trabajo. Esa explicación quedó vieja. Hoy intervienen muchísimos factores: la dificultad para acceder a una vivienda, la incertidumbre económica, los vínculos que se construyen de otra manera y proyectos de vida mucho más diversos».
La especialista asegura que en los consultorios también empieza a aparecer otro fenómeno nuevo: «La mayoría siguen siendo mujeres sin pareja, pero cada vez vemos más parejas jóvenes que saben que quieren tener hijos, aunque no ahora. Entonces deciden preservar la fertilidad porque su proyecto familiar es para dentro de algunos años. Eso hace diez años prácticamente no existía».
Para Bozza, el crecimiento del congelamiento de óvulos expresa un cambio cultural más profundo. «Las mujeres ya no viven la fertilidad desde la urgencia sino desde la planificación. Tener información les permite tomar decisiones con mayor libertad. Y eso siempre es positivo».
La imagen dista bastante de algunos estereotipos instalados en el debate público. No se trata de mujeres que rechazan la maternidad ni de una generación que dejó de interesarse por formar una familia. Lo que cambió son las condiciones en las que esa decisión se toma: sostener un proyecto familiar para muchas personas es muy complicado en los contextos económicos actuales.
Ese factor aparece con fuerza en un reciente informe del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), que analizó las razones detrás de la caída de la natalidad en distintos países. La principal conclusión desafía muchas explicaciones simplistas.
Más de la mitad de las personas consultadas identifica asegura que la limitación económica es el principal obstáculo para tener la cantidad de hijos que desea. El costo de vida, la incertidumbre laboral, las dificultades para acceder a una vivienda y la falta de recursos para criar hijos aparecen por encima de otros factores.
En Argentina, donde la pérdida del poder adquisitivo y la precarización laboral marcaron los últimos años, esa realidad adquiere todavía mayor peso. Por eso los especialistas insisten en que la discusión sobre fertilidad debe abandonar las miradas reduccionistas.
Mientras la edad de la maternidad aumenta, la medicina reproductiva ofrece herramientas para ampliar posibilidades. El procedimiento de preservación de óvulos es relativamente sencillo. Consiste en una estimulación hormonal durante aproximadamente diez o doce días para favorecer el desarrollo de múltiples folículos. Durante ese período se realizan controles ecográficos y, una vez alcanzado el desarrollo adecuado, se efectúa una aspiración folicular mediante una punción transvaginal bajo sedación. La intervención dura entre quince y veinte minutos.
Posteriormente los óvulos maduros son vitrificados, una técnica de congelamiento ultrarrápido que permite conservarlos durante años. A pesar de su creciente popularidad, Pasqualini considera fundamental evitar falsas expectativas.
«El congelamiento de óvulos no es un seguro de embarazo. Es una estrategia para preservar potencial reproductivo y contar con una alternativa si el proyecto de tener hijos se posterga», explica.
Muchas mujeres llegan a la consulta imaginando que la tecnología puede compensar completamente el paso del tiempo. Sin embargo, ninguna técnica logra eliminar por completo el impacto de la edad sobre la fertilidad. Por eso los especialistas prefieren hablar de una herramienta de planificación reproductiva antes que de una garantía.
«El objetivo no es convencer a todas las mujeres de congelar óvulos. El objetivo es que puedan decidir con información y hacerlo a tiempo si esa es la mejor opción para su proyecto de vida», sostiene Pasqualini.
El acceso tiene su precio, y dejan a muchas personas afuera. Actualmente, el costo del procedimiento en Argentina suele ubicarse entre los 3 y los 6 millones de pesos, dependiendo del tratamiento y de la medicación necesaria para cada paciente. A eso se suma un costo anual de mantenimiento de aproximadamente 500 dólares para conservar los óvulos congelados.
Esa barrera económica explica en parte por qué quienes acceden suelen pertenecer a sectores medios y medios-altos con mayor nivel educativo.
Congelar óvulos no implica decidir tener hijos. Es ganar tiempo. Tiempo para encontrar una pareja, consolidar un proyecto profesional, alcanzar cierta estabilidad económica o descubrir si el deseo de maternidad aparece más adelante.
Los más de 83.000 bebés nacidos el año pasado de madres mayores de 35 años muestran que la maternidad tardía dejó de ser una excepción para convertirse en una realidad cada vez más frecuente. El aumento de los congelamientos de óvulos es una de las expresiones de ese fenómeno.
«Tenemos que dejar de presentar el congelamiento de óvulos como un lujo o una moda. Es una herramienta de planificación reproductiva. Lo importante es que las mujeres conozcan que existe, entiendan cuáles son sus posibilidades y también sus límites. Decidir informadas siempre es mejor que decidir cuando ya no hay opciones -asegura Bozza-. La preservación de la fertilidad no busca convencer a nadie de postergar la maternidad. Busca que ninguna mujer tenga que decir, años después: ‘Ojalá alguien me hubiera contado esto antes’.»
