Con una cosecha de maíz que se perfila como récord, pero con un retraso de entre el 18% y el 20% en la recolección por el exceso de humedad, el “Súper Niño” vuelve a poner al clima en el centro de las decisiones del campo.
Después de varios años marcados por la sequía, el nuevo ciclo húmedo mejora las perspectivas productivas del agro argentino, aunque también encarece la cosecha, dificulta la siembra y aumenta el riesgo de inundaciones y enfermedades en los cultivos.
El regreso de «El Niño», el fenómeno climático asociado al calentamiento del océano Pacífico ecuatorial, promete un régimen de precipitaciones por encima de lo normal durante la primavera y el verano.
Para una agricultura acostumbrada a medir pérdidas por falta de agua, el cambio parece una buena noticia. Sin embargo, los especialistas advierten que el exceso también tiene costos.
“Pensar El Niño como abundancia de agua es un error. Hay que pensar en un fenómeno que trae mucha agua y esa agua no se puede controlar”, explicó Fernando Bazán, productor y analista agropecuario.
Además, remarcó que el principal riesgo no es la lluvia en sí, sino su concentración en determinados momentos y regiones.
Según explicó, el fenómeno ya comenzó a sentirse desde junio, con mayores precipitaciones y niveles de humedad que mantienen los perfiles de los suelos completamente cargados. Esa situación beneficia el potencial de rendimiento de los cultivos, aunque también dificulta las tareas de cosecha y siembra.
Actualmente, la cosecha nacional de maíz tardío registra un retraso estimado de entre 18% y 20%, producto de la imposibilidad de ingresar con maquinaria a los lotes. Esa demora explica parte del fortalecimiento de los precios del cereal tanto en el mercado doméstico como internacional.
“La cosecha es récord, pero todavía está en el campo. La pregunta ahora es si en agosto se va a poder trillar y si el productor estará dispuesto a asumir el costo de secar el grano”, explicó Bazán.
Ese costo no es menor. El maíz debe entregarse con una humedad máxima de 14,5%. Con lotes que hoy presentan entre 16% y 17% de humedad, el productor enfrenta gastos que rondan entre u$s 10 y u$s 15 por tonelada, considerando secado, movimientos de carga y otros costos asociados.
“Entre secada, paritaria, impuestos e IVA, el productor puede perder alrededor del 10% del valor del maíz. Entonces aparece un dilema: vender ahora pagando ese costo o esperar a que el cultivo se seque naturalmente, con el riesgo de que un temporal termine deteriorándolo”, agregó el especialista.
La situación también comienza a impactar sobre la campaña fina. En varias zonas tradicionales de trigo, el exceso de humedad dificulta la entrada de las sembradoras, mientras que para los lotes ya implantados aumenta el riesgo sanitario.
“Vamos a tener más enfermedades fúngicas, especialmente roya. Habrá buenos rindes, pero también será necesario aplicar muchos más fungicidas”, dijo Bazán.
Las complicaciones podrían extenderse hacia la campaña gruesa. Si las lluvias persisten durante la primavera, también podrían registrarse demoras en la implantación del maíz temprano y la soja.
A pesar de esas dificultades, Javier Preciado Patiño, analista de mercados agropecuarios de RIA Consultores, considera que el balance nacional sigue siendo claramente favorable.
“Si repasamos los últimos pronósticos, en enero se decía que la ola de calor iba a tirar abajo la producción y terminamos con cosechas récord. El año pasado las inundaciones en 9 de Julio parecían un desastre nacional y finalmente el impacto quedó circunscripto a la región”, recordó.
Para el especialista, es importante diferenciar los problemas locales de los resultados nacionales.
“A nivel nacional es mucho mejor atravesar un ciclo húmedo que uno seco. Se recargan las napas, mejoran las reservas de agua y cuando termina el ciclo queda una base mucho más sólida para las campañas siguientes”, afirmó.
Preciado Patiño reconoció que los excesos hídricos pueden provocar inundaciones, aunque sostuvo que suelen afectar principalmente las zonas bajas, con mayor incidencia sobre la actividad ganadera que sobre la agricultura.
Además, destacó que el momento del año juega a favor. “Es preferible que los excesos ocurran en primavera y no en otoño. En primavera aumenta la evapotranspiración por las temperaturas más altas, las horas de luz y el crecimiento de los cultivos, lo que ayuda a reducir el exceso de agua”, explicó.
El escenario climático, por ahora, no modifica las perspectivas sobre el ingreso de dólares del complejo agroexportador.
Aunque la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR) redujo recientemente su estimación de ingreso de divisas para 2026 hasta u$s 34.897 millones, unos u$s 1.200 millones menos que la proyección anterior debido a la caída de los precios internacionales, Preciado Patiño no cree que El Niño altere significativamente ese panorama.
“No veo un impacto importante sobre la liquidación de exportaciones. Incluso, si continúa o se agrava el conflicto en el Mar Negro, podríamos ver un mercado internacional más alcista para los granos que termine compensando eventuales pérdidas productivas”, sostuvo.
De cara al segundo semestre, Agosto no sólo será un mes de definiciones para los productores; también lo será para el equipo económico.
La decisión de cosechar, secar o esperar mejores condiciones climáticas puede alterar el ritmo de comercialización del maíz y, con ello, el ingreso de dólares que siguen de cerca el Banco Central y ARCA.
Los especialistas descartan, por ahora, un deterioro en la producción nacional, pero advierten que el clima podría modificar el timing de las ventas y de la liquidación de exportaciones, una variable clave para el Gobierno en un semestre donde cada ingreso de divisas adquiere relevancia para sostener el equilibrio cambiario.
Mientras los productores ajustan sus decisiones frente a un escenario de mayor humedad, los especialistas coinciden en que la clave estará en la planificación.
En un informe difundido esta semana, Morgan Stanley analizó el impacto de El Niño sobre las economías emergentes y concluyó que el fenómeno no debe interpretarse como un shock comparable al de una crisis petrolera, ya que sus efectos serán graduales, regionales y, en términos generales, administrables.
El banco prevé que el mayor impacto climático se concentre entre septiembre de 2026 y enero de 2027 y remarca que el fenómeno no tendrá el mismo efecto en todas las regiones. Mientras Argentina, Uruguay y el sur de Brasil podrían registrar lluvias superiores a las habituales, otras zonas de Sudamérica, Estados Unidos, Australia, Asia y África enfrentarían mayores riesgos de sequía.
En ese escenario, la entidad ubica a Argentina entre los países con mejores perspectivas, junto con Chile, Uruguay, Paraguay y México, al considerar que una mejora en las precipitaciones podría traducirse en mayores rindes de soja, maíz y trigo, fortalecer las exportaciones agroindustriales e impulsar el ingreso de divisas.
Para el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el desafío no pasa por evitar El Niño, sino por adaptarse a sus efectos según las características de cada región y ambiente productivo.
En ese sentido, Pablo Mercuri, director del Centro de Investigación de Recursos Naturales (CIRN), recordó que la experiencia de los eventos de 1997/98, 2009/10 y 2015/16 demuestra que “la diferencia entre sufrir daños y pérdidas o capitalizar las oportunidades depende de tomar decisiones preventivas y planificar con tiempo”.
Las recomendaciones varían según el relieve de la región. En las zonas bajas y deprimidas, el organismo aconseja evitar siembras en sectores anegables, monitorear el ascenso de las napas, asegurar el drenaje y prever el traslado de hacienda. En las posiciones de media loma, la estrategia consiste en aprovechar la disponibilidad hídrica eligiendo cultivos y fechas de siembra que reduzcan el riesgo de encharcamientos prolongados. En los lotes altos y bien drenados, donde el potencial productivo es mayor, el INTA recomienda concentrar la estrategia agrícola y ganadera para maximizar los rendimientos.
Además, el organismo sostiene que el exceso de agua también puede convertirse en un activo para el mediano plazo mediante obras de manejo hídrico, reservorios, sistematización de campos y un mejor almacenamiento de agua en el perfil del suelo, pensando en los futuros ciclos secos.
