Después de largas semanas, este viernes la ciudad de Buenos Aires amaneció soleada y con el cielo azul, pero las variaciones en el estado del tiempo, que en algunas zonas del país se manifiestan inclementes, ameritan preguntarse si el famoso Súper El Niño ya empezó formalmente en Argentina y, de ser así, cómo sigue el asunto y hasta cuándo va a durar.
Carolina Vera, profesora emérita de la UBA e investigadora principal del Conicet en el Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA), respondió la primera y la última pregunta en segundos: “Un Niño dura un año. Este empezó en abril-mayo y se espera que siga hasta nuestro otoño de 2027”.
A esta altura del partido, se sabe que el Niño es sinónimo de acumulación de ropa húmeda por la que el tender no hace magia y que hay quienes prefieren hablar de “El Niño” o El Niño-Oscilación del Sur, o usando la sigla en inglés ENOS. Lo que no todo el mundo sabe es por qué el de este año es considerado un súper-Niño ni mucho menos cómo o cuánto seguirá impactando en el país.
Vera es una de las mayores expertas en meteorología y oceanografía, y una eminencia en calentamiento global y cambio climático.
“Para arrancar, lo de ‘súper’ no es un nombre científico. Eso lo inventó la prensa, me parece que europea. Fue cuando en marzo, uno de los modelos europeos pronosticó que el Niño de este año iba a ser intenso, y entonces lo llamaron así”, apuntó.
Exagerado o no, el rótulo tuvo sus motivos. La última discusión mensual disponible de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estimó el 9 de julio un 81% de probabilidades de que entre octubre y diciembre, el Niño alcance la categoría de “fuerte” a “muy fuerte”. Preocupa o por lo menos importa, aun con la cautela de ese organismo, que se ataja al recordar que no se puede pronosticar el impacto real que un evento meteorológico va a tener en todas las regiones capaz de afectar.
La investigadora detalló que “para pronosticar el Niño se usan dos modelos acoplados que pueden interactuar entre sí: uno reproduce la atmósfera y el otro, el océano”. Si bien contó que hay una veintena de centros que desarrollan sus propios modelos, “por suerte la comunidad climática es muy colaborativa y, de algún modo, se juntan todos”.
Aunque el clima tiene un sólido costado impredecible, Vera aseguró que es posible pronosticar la ocurrencia del Niño seis meses antes -de manera certera- y hasta con un año de antelación. Si bien en marzo había incertidumbre sobre la magnitud que podrá alcanzar, promediando la mitad del año los expertos saben bastante más.
“Nosotros categorizamos científicamente a los Niños en función de los valores de un índice que empieza en cero”, describió. Se considera “Niño” cuando el índice “está encima de 0,5. Si esta arriba de 1, es moderado. Arriba de 1,5, es fuerte. Y si supera el 2 es muy fuerte”.
Ahora bien, ¿qué es realmente el Niño y por qué la primavera-verano podrían ser todavía más complicadas que el indeclinable cielo nublado o las lluvias y nevadas de estas semanas en múltiples localidades del país?
El Niño es la fase cálida de un fenómeno natural más largo, el llamado “El Niño-Oscilación del Sur”, o ENSO. Para entender el tema, uno debe poner la mirada mucho más allá de la Argentina, en el océano Pacífico sección ecuatorial. Y acá está la clave que miran los científicos: la oscilación en la temperatura de la superficie del agua en esa zona (lo que todos llaman Pacífico ecuatorial central y oriental) es el signo de que se avecina la fase Niño (húmeda), la fase Niña (seca) o un período neutro.
Dos claves importantes del Niño son que la superficie oceánica manifiesta un calentamiento anómalo y que se generan cambios en la atmósfera tropical. Todo esto se asocia con una disminución de unos vientos que varios -en especial los que se llevaron Geografía en la secundaria- recordarán: los míticos Alisios, unos vientos tropicales que a la altura del Pacífico ecuatorial soplan de este a oeste. En condiciones normales, contribuyen a acumular aguas cálidas a la altura de Oceanía, pero cuando (por razones que nos exceden) soplan con menor intensidad, las aguas cálidas, en lugar de alejarse de Perú-Ecuador, terminan dispersándose irregularmente cerca del continente americano: la calidez superficial “anómala” de la que se habló al principio.
Todo esto no sólo provoca cambios en el océano (fauna incluida), sino que se generan cambios a nivel atmosférico, lo que modifica el mapa de humedad y precipitaciones en la región. Pero, ¿cómo afecta todo esto a la Argentina?
“El Niño no afecta igual a toda la Argentina”, aclaró Vera. Discutió que la idea de que “por el fenómeno del Niño se pueda afirmar que va a llover en todo el país; no es así”. En cambio, “hay dos zonas de mayor influencia”.
“Una es centro-este del país, básicamente la Cuenca del Plata, entre los Ríos Paraná y Uruguay. Es la zona de mayor influencia”. Además, “en el invierno y primavera impacta en la zona de Cuyo y los Andes norpatagónicos”. En cuanto al centro del país, “ahí la señal es más débil y no se debería esperar la misma intensidad”. Desde ya, no significa que no vaya a llover para nada sino que la intensidad del fenómeno tiene menos probabilidades de ser fuerte. ¿Por qué? Por la forma como llega la humedad al continente y particularmente a la Argentina.
Es que, al nordeste y centro-este del país, la humedad llega desde el Amazonas. En cuanto al oeste, el fenómeno involucra la propia cordillera andina, otro tema que alguno recordará de la secundaria, en eso de que la humedad queda retenida en las montañas (donde entonces puede haber más precipitaciones), pero no llega mucho más lejos que eso. Así, aclaró Vera, se produce “una franja en el centro del país en la que la señal del Niño es más débil”.
Actualmente hay consenso sobre dos variables que correlacionan e incluso influyen en cómo se presenta el fenómeno ENOS en la región. La primera, por remota que parezca, tiene que ver con “el estado del océano Índico”, usando las palabras de Vera. La segunda se vincula al Polo Sur. Es decir, a la Antártida.
Para seguir complicando el asunto con más siglas, el primero de los fenómenos requiere conocer algo llamado Dipolo del Océano Índico, o IOD, una oscilación de la temperatura del mar en dos grandes áreas del Índico tropical, entre la costa este de África e Indonesia.
El IOD tiene dos fases. En la positiva, las aguas superficiales en esa suerte de mega pileta del Índico tienden a estar más cálidas que lo normal hacia las costas orientales de África y más frías en el sector este, próximo a Indonesia. En la fase negativa es al revés: el calor está del lado de Indonesia y el frío, más cerca del continente africano.
El orden de los factores en la temperatura del Índico interactúa con el Niño de un modo muy interesante y de hecho hay varios trabajos que tienen a Vera como autora principal que explican por qué cuando el Niño coincide con una fase IOD positiva, todo se intensifica.
Reduciendo el tema en una excesiva licencia periodística, deberíamos recordar la definición escolar de “convección”, la propagación de calor en un medio fluido. Algo así es lo que ocurre en el océano.
Si el IOD es positivo, el calor estará, mirando un mapamundi, a la izquierda para nosotros. Pero no se quedará ahí: terminará moviéndose hacia la derecha (el este). En otra analogía forzada, por más que en un ambiente cerrado, la estufa esté de un lado del cuarto y primero se caliente ese sector, inevitablemente terminará habiendo un intercambio de ondas y, por lo tanto, de temperatura.
Del mismo modo, el calor al oeste del Índico terminará arrimándose hacia “acá”, donde si el ENOS está su fase húmeda “Niño”, se generará un aumento del fenómeno, producto de la interacción con el calor anómalo en la superficie del Pacífico ecuatorial comentada al principio.
La pregunta lógica es qué está pasando con el IOD. Hay modelos que proyectan que evolucionará hacia una fase positiva (lo que magnificaría el Niño), pero hasta fines de julio se mantenía en fase casi neutra, informa el Bureau of Meteorology de Australia y recuerdan que “los modelos sugieren que un DOI positivo podría desarrollarse durante el invierno del hemisferio sur y persistir hasta la primavera, aunque aún existe cierta variabilidad en el momento y la intensidad de este posible evento”.
En cuanto al segundo patrón que los expertos están mirando para saber cómo sigue el Niño, Vera lo llamó “vórtice polar”. “Habla de cómo es la circulación de vientos en el Polo Sur. Ahora allí es de noche porque no hay radiación solar, pero cuando en primavera sale el sol, el ozono captura calor, la estratósfera se calienta y los vientos del oeste tienden a ir más hacia el norte. Si esto, que es lo normal, ocurre esta primavera, el Niño no se va a ver intervenido”, dijo.
Vera aludió así al llamado SAM, la sigla en inglés del llamado Modo Anular del Sur, que describe los desplazamientos hacia el norte y hacia el sur del cinturón de vientos del oeste que rodea la Antártida. Es un tema complejo, pero para ella basta decir que “en el SAM positivo, los vientos del oeste tienden a concentrarse más en los polos, lo que puede debilitar las señales del Niño en nuestro país durante la primavera-verano. Al revés, si el SAM es negativo, la corriente en chorro de los vientos del oeste será más intensa sobre nuestro país en primavera y verano, y se podría reforzar la señal del Niño, incrementando las condiciones de humedad y precipitación”.
Lamentablemente, es pronto para estimar qué va a pasar este año, ya que este fenómeno puede cambiar mucho en cuestión de semanas.
Para cerrar, ¿hasta qué punto este Súper Niño tiene que que ver con el cambio climático? La investigadora se mostró cautelosa, pero concluyó que, por un lado, “una de las señales más claras del efecto invernadero es que estos vientos del oeste están más al sur”. Y en cuanto a los océanos Índico y Pacífico, es bien claro que todo ocurre “en un océano global que cada vez está más caliente”.
