La elección presidencial de 2027 ya tiene un actor central. No es un candidato, tampoco un partido. Es un núcleo cercano al 30% del electorado que no quiere volver al kirchnerismo, pero que tampoco tiene decidido repetir su voto por Javier Milei si el Gobierno no cambia parte de su rumbo.
Ese grupo explica buena parte de los movimientos de la política de los últimos quince días.No hay misterio. Cuando una porción de electores de ese tamaño queda sin dueño, la política se mueve antes de que empiece la campaña. Aparecen candidatos. Se aceleran acuerdos. Viejas estructuras buscan cerrar filas. El Gobierno revisa alianzas. El peronismo ensaya una unidad. Todos miran el mismo lugar.
La campaña de 2027, por eso, comenzó antes de tiempo. También comenzó antes la pelea por interpretar al votante que puede definirla. Un mercado electoral que quedó abierto
La aparición de Daniel Hadad dentro de ese escenario, la posición más reservada de Jorge Brito y la presencia siempre posible de Carlos Melconian responden a una misma lectura. Hay votos disponibles libres y todos corren tras ellos.
La posibilidad de una candidatura por fuera de las estructuras tradicionales intenta repetir una lógica que la política argentina ya conoció con Milei: captar una demanda que no encuentra representación en las ofertas existentes.
Eso no convierte a esas figuras en extrapartidarios puros. Casi ninguno lo es. Hay contactos, negociaciones, apoyos posibles y vínculos con sectores de la política. Sobre todo con el peronismo, que en sus supuestas divisiones siempre aporta candidatos a listas con disfraz independiente. Milei también recorrió ese camino antes de convertirse en el fenómeno que terminó en la Presidencia.
Por eso la cuestión no pasa por establecer quién llega desde afuera. La cuestión es otra: quién puede aparecer ante ese 30% como una opción distinta de aquello que hoy rechaza o pone en duda.
El apuro del macrismo y de La Libertad Avanza por explorar un acuerdo en tres niveles también se entiende desde esa amenaza. Y marca un dato interno en la Casa Rosada: el éxito de la estrategia Santiago Caputo que venía marcando el camino de la negociación hacia un posible indispensable acuerdo.
La Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires forman parte de esa negociación que no responde sólo a la necesidad de ordenar candidaturas. Hay una razón electoral más profunda: evitar que una oferta nueva capture los votos que el PRO y LLA perdieron desde 2023. La nueva mesa política entre el Gobierno y el PRO tiene por delante esa tarea.
En la provincia, Diego Santilli aparece como una candidatura con lugar asegurado. En la Ciudad, el PRO necesita renovar su territorio y sostener a Jorge Macri. En el plano nacional, ambas fuerzas buscan un esquema que permita dejar atrás los problemas que marcaron la relación durante estos años.
Cada voto que abandona al oficialismo o al PRO y no vuelve al peronismo queda disponible para una tercera propuesta. Y cuanto más crece ese espacio, mayor es el incentivo para que alguien intente ocuparlo.
El peronismo también sintió la señal. La reacción alcanzó al otro lado del tablero. Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner volvieron a sentarse alrededor de una idea de unidad. El dato central no es la consistencia de ese acuerdo, todavía atravesado por diferencias imposibles. El dato es que el peronismo también percibe que no puede llegar dividido a una elección donde una parte del electorado rechaza al kirchnerismo y otra parte puede buscar una opción por fuera del Gobierno.
La consigna alrededor de Cristina Fernández de Kirchner, que cumple una condena ajustada a la ley e imposible de reconsiderar en Argentina o en la ONU, permanece como un punto de tensión dentro de ese armado. Pero incluso esa discusión queda subordinada a una cuestión de supervivencia electoral.
Cuando un 30% queda disponible, las estructuras que hasta ayer podían administrar sus diferencias pasan a calcular el costo de mantenerlas. Ese núcleo no nació ahora.
Muchos de esos electores votaron a Mauricio Macri. Parte de ellos llegó a 2019 con un nivel de frustración suficiente con el PRO como para creer que Alberto Fernández podía representar un cambio frente al ciclo anterior. Sin identidad peronista, aportaron los votos que el PJ necesitaba para regresar al Gobierno.
La apuesta duró poco. Un año después, parte de ese mismo universo ya se había pasado nuevamente a la oposición. Luego comenzó a buscar otra oferta. La expectativa se trasladó hacia una novedad que prometiera quedar por encima de lo conocido. Allí encontró espacio Milei.
Ese recorrido muestra el rasgo central del grupo que ahora vuelve a ocupar el centro de la elección: no tiene lealtad partidaria. Puede votar al PRO. Puede abandonar al PRO. Puede apostar por el peronismo sin convertirse en peronista. Puede romper después con esa opción. Puede elegir a Milei y, cuatro años más tarde, poner esa decisión bajo revisión.
La bronca y la desesperación nunca son buenas consejeras cuando el votante esta a solas frente a la urna.
Milei conserva una ventaja sobre el resto. Gran parte de ese electorado ya lo votó en 2023. No necesita convencerlo de dar un salto hacia algo desconocido. Necesita recuperar una relación que hoy está en duda.
Pero esa ventaja tiene una condición: la economía. Por ahora solo sacan la cabeza del pozo los mismos sectores que vienen ganando la pelea: agro (y con números que se complican en el último mes), minería, petróleo y sistema financiero. El resto, como la construcción (que con el incremento de costos en dólares entró este mes en otro interrogante), están en veremos y con pronóstico reservado de aquí a fin de año.

Para ese grupo, el bolsillo ocupa el centro de la decisión. Si Milei cambia algunas de las formas que generan rechazo y consigue equilibrar el impacto del ajuste sobre ingresos y actividad, puede recuperar una parte del voto que perdió.
El problema aparece en el desgaste. La caída del consumo y el freno de la actividad, con excepción de los tres sectores que mantienen crecimiento, colocan un límite sobre cualquier estrategia electoral basada sólo en la estabilidad de la macro.
La discusión pasa ahora por la vida económica concreta. Caputo dejó de administrar sólo la macro: por mas que le pese el estado de cosas lo obliga ahora a buscar herramientas para reactivar y llevar algo de alivio a los bolsillos. Es lo que la campaña indica.
Hasta ahora, Luis Caputo tenía una misión central dentro del proyecto de reelección: evitar turbulencias hasta octubre de 2027 y despejar dudas sobre la capacidad de pago frente a los vencimientos de ese año. Ese objetivo sigue vigente, pero ya no alcanza.

La inflación de julio, con 2,1% (ver gráfico), marcó un freno en la curva de descenso. Alimentos subió 2%, casi en línea con el índice general. Para una parte del electorado, ese número tiene más peso que cualquier discusión técnica porque impacta de forma directa sobre la canasta mensual.
Caputo anunció una flexibilización del crédito en dólares para empresas que no generan divisas. Los bancos podrán aumentar la exposición de los depósitos en dólares para prestar. Las empresas recibirán esos fondos, deberán liquidarlos en el Banco Central y obtendrán pesos.La medida elimina una de las restricciones del cepo que todavía permanecían.
Al mismo tiempo, aparecieron cuestionamientos sobre el aumento de la exposición bancaria a préstamos en dólares. El Gobierno busca crédito para una economía que lo necesita. Pero cada herramienta abre otra discusión.
Hay un problema que atraviesa a empresas y familias: las tasas de interés. El nivel actual bloquea parte del financiamiento para PyMEs y agrava la mora de los hogares.
Caputo reconoció esta semana que “las tasas en pesos todavía son altas”, aunque sostuvo que se trata de “un tema entre privados” Desde el punto de vista formal, puede tratarse de una relación entre privados. Desde el punto de vista electoral, no lo es.
El otro frente es el riesgo país.Después de tocar los 400 puntos, volvió a rozar los 480. La distancia frente a los 1923 puntos con los que terminó la gestión de Sergio Massa en Economía muestra un cambio, pero Argentina todavía está lejos del promedio regional, ubicado por debajo de 200 puntos.

Ese es el nivel que necesita alcanzar para comenzar a financiarse en el exterior en condiciones más sanas. Caputo necesita inflación descendente, más actividad y crédito con tasas más compatibles con empresas y familias. Necesita un riesgo país que permita otra relación con el financiamiento.
Todo eso forma parte ahora de la campaña. El dato político de fondo es que 2027 puede volver a definirse fuera de las identidades tradicionales o al menos son las que obligarán las estrategias de los demás.
Ese 30% ya cambió de voto varias veces y esta probado tambien que no garantiza segundas oportunidades. Mauricio Macri lo sabe de memoria e intento decenas de veces, sin éxito hasta ahora, que Javier Milei escuchara su experiencia.
El kirchnerismo tiene allí un límite. Las terceras candidaturas ven una oportunidad. El PRO intenta evitar otra pérdida. Milei conserva la ventaja de haber sido elegido por buena parte de ese universo, pero debe demostrar que el costo económico del programa empieza a encontrar una compensación.
Por eso la campaña se anticipó: porque el votante que puede resolver la elección ya empezó a hacer cuentas. Y ese será el campo de juego./Rubén Rabanal
