El informe se titula El ascenso del ningunismo y lo presentó el viernes pasado Pulsar UBA, el Observatorio de la Universidad de Buenos Aires con foco en la opinión pública.
Su lectura puede generar preocupación. No es raro. Suele ocurrir con la mayoría de los trabajos similares. ¿Para qué hacer un estudio sino para revelar «lo preocupante»? ¿Cómo atraer la lectura sino presentando datos de alto impacto? Los recursos, sin embargo, son legítimos.
¿Y qué dice? Por ejemplo, que entre los argentinos el ningunismo (como adhesión política) ya es el espacio más abarcativo: el 42% de los encuestados no simpatiza ni se identifica con ningún espacio político.
También creció el desinterés por la política: el 63% está poco o nada interesado.
Esos desinteresados se ubican en el centro, pero el informe ilumina una interpretación ajustada. Ese centro no es una definición política/ideológica, sino un «no lugar», un refugio frente a etiquetas y divisiones políticas que generan cada vez menos adhesión.
El reporte ofrece más, pero vale tomar hasta acá.
La interpretación de los resultados parece inevitablemente crítica, y la conclusión invita al arrebato: estamos frente a una crisis.
Lo que sigue es automático. Los responsables de la crisis son los políticos, incapaces de representar a los ciudadanos y de generar consensos y adhesiones. El problema son los nombres propios y la solución es que aparezcan los candidatos indicados.
El politólogo español Ignacio Sánchez Cuenca dice que no, que el problema no es la política, o al menos no únicamente. «Estamos en una crisis general de la intermediación que va más allá de la política y que afecta a todas las parcelas de la sociedad».
En su libro «El desorden político: Democracias sin intermediación«, amplía: «Partidos y medios de comunicación han perdido buena parte de su autoridad social. Su función como intermediadores se encuentra seriamente cuestionada, de ahí que la política se desordene». Y un último párrafo: «La crisis que afecta a partidos y medios es parte de una tendencia más amplia de desarticulación de las instancias intermediadoras».
Primera idea posible, entonces. Argentina no es excepcional en sus problemas de representación. No estamos peor que otros, y quizás habría que quitar el rótulo de «crisis» que implica un deseo de volver al estado anterior. No va a pasar. Segunda idea; tal vez no sea un tema de nombres propios, y señalar como culpables a «los políticos», así, a mansalva, resulte un facilismo tentador pero a la vez un atajo riesgoso que propicie la búsqueda permanente del «outsider», esa categoría que otra vez resuena con fuerza en el prólogo del calendario electoral.
En este punto se imponen otras preguntas. ¿Un outsider es simplemente alguien por fuera de la política tradicional? ¿O para ocupar esa categoría en la cabeza de los votantes también hay que «dinamitar» ciertos consensos vigentes?
Es válido pensar que Milei no fue una novedad sólo por llegar desde el panelismo bizarro televisivo, sino por expresar deseos tan al límite como el fin de la casta y la dolarización, pero también la venta de órganos y habilitar la discusión por la venta de niños, por ejemplo.
Con su antecedente, su figura asimilada al sistema, y con la política y los políticos etiquetados como responsables de la «crisis» sin fin, vale preguntarse: ¿a qué extremo debería llegar un candidato para presentarse como outsider hoy en la Argentina? Acaso sin saberlo, y con buenas intenciones, ¿no alentamos una ilusión monstruosa?
