El «Negro» Oscar González Oro, icónico conductor de radio, murió este viernes a los 74 años de edad.

Oscar González Oro nació el 16 de octubre de 1951 en Mendoza hijo de Ricardo, director del banco de su ciudad, y de Tita, ama de casa. Pero, sobre todo, nieto de María Luisa, su abuela materna. Maestra de escuela, fue su gran orgullo de niño, y a partir de los 11 y la mudanza obligada a Buenos Aires, el ancla con su provincia natal. El “Chau negrito” con el que lo saludaban en su provincia resonaba en cada golpe de la nostalgia. Una primera voz de referencia, sin saber la importancia que iba a tener la voz en el tiempo.
La llegada a la capital no fue fácil. Atrás quedaba una ciudad llena de sol, de luz, de amigos, de niñez, de bicicleta y Cerro de la Gloria. Se encontró con Retiro, una estación impersonal y gris que lo recibió con una llovizna otoñal. “Estaba realmente enojado y estuve seis meses casi sin hablar con mi padre”, contaba siempre al respecto, como si el que hablara fuera aquel niño despojado de su cotidianeidad.
Su primer domicilio porteño fue 25 de Mayo y Tucumán, en un edificio antiguo en pleno microcentro. “Se la conocía como la calle de los piringundines, una especie de cabarets, las chicas me decían ‘Negrito ya vas a venir algún día’… Y algún día fui”, confesó con el tiempo y con picardía. Otro paseo menos comprometedor era ir a la Plaza de Mayo. “Me sentaba en las escaleras del Banco Nación y veía el cambio de guardia en la Casa Rosada. Pero lo que me fascinaba era la Retreta del Desierto: venían las cuatro bandas militares por las calles y se juntaban en la plaza a través de la música”. Diversiones de otra Buenos Aires y de otro mundo.
Con el tiempo adquirió el pasatiempo de recorrer la ciudad. Consiguió una Guía Filcar y con ella elegía su propia aventura. Un día era Villa Urquiza, otro rumbeaba para el Once, alguna vez se estiraba hasta Villa Devoto. Y así, entre viaje y viaje, los recuerdos del pasado confluyeron con su futuro, articulados con la magia propia de un guion radial. “Una vuelta, en una de esas caminatas, frené y me dije ‘algún día esta ciudad me va a decir Chau, negrito, como me conocían en Mendoza por ser el nieto de María Luisa”. Y vaya si lo logró.
El Negro gustaba definir con esta frase el vínculo con el medio del que se volvió símbolo. Mezcla de flechazo y guiño del destino, empezó de la periferia al centro, sin carnet de locutor ni experiencia alguna. En cambio, tenía para ofrecer su voz, su conocimiento de música, su colección de vinilos. Y la formación intuitiva y empírica en el espejo de los grandes de su tiempo.
Su escuela fue la radio en una de sus tantas eras doradas, con la televisión todavía como una novedad distante, y estaba plagada de locutores todoterreno, con esa impronta de superhéroes y esa cercanía de amigos de toda la vida. Y Oro pasaba lista de su propio Olimpo, a modo de gratitud: “Antonio Carrizo, el tipo más culto que escuché; Héctor Larrea que me divertía mucho; Tenis de mesa con el Gordo Juan Carlos Mesa, Cacho Fontana, ni más ni menos”. En su coctelera, mezcló esas influencias con su ADN. “Para escuchar música prefiero elegirla yo y no que lo haga un musicalizador. La radio son voces, alguien que te habla. A mí me hablaron los maestros y yo le hablé a un montón de gente”. Pero todavía faltaba un rato largo para que esto sucediera.
Si su formación radial guardaba cierta coherencia y uniformidad en sus maestros, la educación formal fue bastante ecléctica. Cursó la primaria en la férrea disciplina de un colegio católico y la secundaria en la aventura más mundana del Mariano Moreno. “Éramos todos iguales, estaba el hijo del millonario y el hijo del verdulero, y convivíamos, sin odios ni grietas”, explicaba al respecto.
Cuando terminó el colegio, con la radio todavía tenía la relación sagrada de ser oyente. Probó suerte en Derecho y Psicología, tomó clases de teatro, pero debió abandonar para dar una mano en el negocio familiar. En el ’80, viajó a Londres para perfeccionarse en el estudio del idioma como un primer paso para estudiar Historia del Arte, otra de sus pasiones. Pero un llamado inesperado le iba a cambiar la vida. Su padre estaba enfermo y necesitaba su ayuda para recuperarse de sus problemas con el alcohol. Por ese tiempo, tuvo su inicio informal en el medio, pasando música en la estación Radio de Cuyo.
El camino por el éter se volvió sinuoso y la próxima parada fue en Playa Verde, una emisora de Pinamar, cuyo estudio estaba en el piso 22 de la Torre del Sol. Usted,nosotros, y la noche, se llamó el ciclo en el que probó por primera vez el contacto con la fama en los primeros ‘90: fue el encargado de entrevistar al entonces presidente Carlos Menem cuando unió Olivos con Pinamar en tiempo récord piloteando una Ferrari. De allí pasó a la madrugada de Radio del Plata donde permaneció hasta que otro llamado iba a cambiar su vida.
Daniel Hadad lo convocó para Radio 10, el proyecto que estaba gestando y que iba a marcar una era en la radiofonía argentina. “Yo estaba jugando en River y me llama Daniel para ir al Barcelona”, sintetizó en clave futbolera para graficar el ofrecimiento que no dudó en aceptar y que lo tuvo como número uno durante 16 años.
Con El oro y el moro, el nieto de María Luisa se convirtió en una de las voces más reconocibles de la radiofonía del siglo XXI. Esa voz con la que nació y que no trabajó con otras herramientas que no fueran la calle y la sensibilidad. Con cintura para dejarla en silencio o histrionismo para cantar al aire. Que aportó con su “dale gas” a la historia de las muletillas célebres. Y que acompañó con una formación exhaustiva del tema o del personaje que iba a hablar, otra enseñanza deudora de sus maestros. “No basta leer diarios y portales, tienen que ser cultos. Hay que nutrirse, porque a veces escucho cosas que dan vergüenza”, era el lema que repetía cuando le pedían un consejo para ejercer el periodismo.
El adolescente que soñaba con ser concertista o director de piano, el joven que se probó como universitario, agradeció siempre haberse dejado seducir por la luz roja del aire. “Tuve una vida hermosa. La disfruto completamente día a día, no me puedo quejar de nada y agradezco a la gente que me acompaña, una cofradía de amigos que me siguen hacia donde esté”. Esos amigos podían ser Sandro, que llamaba como un oyente más y charlaban media hora al aire. O Tita Merello, que le soltaba un consejo al pasar con su impronta porteña. O los miles y miles de héroes anónimos que lo sentían cercano por la magia del dial.
Pero el paso del tiempo, los coletazos de la pandemia y, sobre todo, la partida temprana y repentina de algunos de sus amigos más cercanos lo fueron empujando a tomar distancia del oficio. Ya vivía en Punta del Este, desde donde hacía su programa en Rivadavia, cuando a comienzos de 2021 sorprendió al anunciar su retiro del periodismo. No le duró mucho tiempo y volvió en un ciclo de entrevistas en El Observador de Uruguay y en la última etapa se repartió entre la conducción de Nosotros a la mañana y la dirección artística de Rivadavia. Pero sin aquella cotidianeidad con el micrófono de la que hizo su sello.
Todo lo histriónico o extrovertido que podía ser al aire, el Negro no lo era en su vida privada. Siempre reservado, recién en los últimos tiempos se animó a abrirse un poco más, acaso para que no queden cuentas pendientes con aquella cofradía de oyentes a quienes le debía tanta gratitud. Presentó a sus parejas, afrontó sus rupturas, volcó en sus redes sociales parte de aquello que había resguardado durante tanto tiempo.
Oscar tuvo dos hijos. Uno biológico, Agustín de su relación con su exesposa Estela, y otro del corazón, Pablo, que es hijo de su hermano Armando, con quien se distanció por un asunto económico y del que no quiso saber más nada. A ambos los crio por igual, y mantuvo una relación entrañable, de retroalimentación. Fueron su vida, en el más estricto sentido del término. Vivió para ellos y, si se hizo un reproche, fue no haberlos disfrutado más tiempo. Cuestiones del trabajo y las distancias -Pablo reside en España y Agustín en Inglaterra-, que con el tiempo se hicieron cada vez más difíciles de afrontar. Y que empujaron aquella decisión de alejarse de la radio.
Este sentimiento también lo impulsó a pasar los últimos años de su vida en Uruguay. En agosto de 2020, y motivado por las restricciones que todavía regían en nuestro país debido a la pandemia, hizo los trámites para radicarse allí, sobre todo, porque le permitía la posibilidad de viajar a Europa. La apacible calma oriental y la ventaja tecnológica de poder montar un estudio de radio para no perder el oficio, terminaron de rubricar el vínculo.
En marzo de 2021, el Negro hizo su despedida formal del medio de comunicación del que se volvió sinónimo. Fue a través de un programa especial de su ciclo La vida misma, un diálogo con oyentes –amigos, famosos, colegas- donde los mensajes más emotivos llegaron del otro lado del Atlántico.
“Ahora a ser un poco egoísta… Ya te prestamos demasiado a la gente. Empieza una nueva etapa a disfrutarla”, dijo Pablo. “Estoy acá para darte la bienvenida. Te esperamos con los brazos abiertos”, sumó Agustín. Las lágrimas del Negro inundaron el éter en otra de las características de sus últimos años. Se había vuelto llorón, y se enorgullecía en decirlo. Y la lejanía con sus hijos mucho tenía que ver con eso. “Todo lo que hice en la vida es para que ustedes estén orgullosos de mí”, resumió en el mencionado intercambio radial. Solo ellos tres sabrán cuánto habrán recuperado de aquel tiempo perdido. Lo cierto, es que la muerte de Oscar González Oro deja un poco huérfana a esa cofradía, que lo llorará un rato y lo recordará para siempre.
