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La rigidez de Milei como defecto o virtud

Es muy interesante observar lo que pasó en las elecciones en Brasilentre el candidato de la izquierda y el candidato de la derecha. Lula la remó: estaba en buen estado físico a pesar de tener casi 81 años, se desempeñó bastante bien en el debate, seguramente hubo una actividad en redes descomunal. Ahí la dio vuelta claramente.

También hubo plan platita. Hay casi 14 mil millones de dólares que va a tener que gastar Lula si cumple, para honrar compromisos de mejorar la Bolsa Familia, que es la AUH de Brasil. También, para ayudar a los endeudados, transporte gratis el fin de semana. Es decir, hubo una serie de promesas de expansión social y fiscal. Eso lo hizo el Gobierno de izquierda.

Ahora observen esto para pensar sobre la Argentina. El discurso de derecha de Flávio Bolsonaro no habló de ajuste. ¿Saben de qué habló? De eficiencia. Empecemos a prestarle atención a lo que prometió y a la narrativa.

Bolsonaro -la derecha, recontra derecha, la derecha de Brasil- se cuidó muchísimo de hablar de ajuste. No mencionó en ningún momento motosierra ni tijera. Habló de hacer eficiente el gasto, le quitó cualquier componente extra de recorte, no fue contra el Estado. Es más, dijo que iba a hacer que el salario mínimo le ganara a la inflación. Es decir, a su manera -más escueta, mucho menos que Lula-, también prometió mejorar algunas prestaciones sociales. Incluso propuso un régimen de seguridad y vigilancia para las mujeres, con un nombre en particular, con una partida social asignada.

De un modo más cuidado, Bolsonaro también prometió, en los últimos días, expandir un poco el gasto, haciéndolo eficiente, reduciendo los gastos inservibles del Estado, las burocracias. Pero atención: la derecha de Brasil no usa el artefacto motosierra de Milei. Se cuida muchísimo de usar la palabra ajuste. En Brasil no es sexy hablar de ajuste.

Y en España tampoco. Ni el Partido Popular ni Vox tomaron el producto de la motosierra. Es más, Feijóo, del Partido Popular, validó a Milei en el esfuerzo que está haciendo, en el coraje y la herencia que encontró, pero se corrió bastante de validar el lenguaje, la forma de expresarse de Milei.

Es decir, la derecha brasileña y la española se diferencian del modo de presentar la derecha que tiene Javier Milei. Ni motosierra, ni ajuste, ni en Brasil ni en España. Ir directamente contra el Estado no parece ser lo más atractivo para el electorado. Quizá no sea comparable uno a uno lo que pasa en la Argentina con lo que pasa en Brasil o en España, pero hay que prestar atención a que la motosierra no es un producto de exportación.

Lo fue en 2023, cuando teníamos a Elon Musk recibiendo y exhibiendo en su escritorio una motosierra con Sturzenegger, cuando el propio Trump imitaba la idea de desregular y achicar el Estado. En ese momento, la motosierra fue un producto de exportación. Ya no lo es.

En una escena 24 horas después del triunfo de Lula, en una reunión de Gabinete, Milei dice: “Ni un milímetro de mi rumbo. Ni un milímetro”.

Milei dijo que no se va a correr ni un milímetro de la ruta económica prevista. Y lo dijo delante de todo el Gabinete. Dijo que sería inmoral volantear por una cuestión electoral, que eso no honra la historia argentina, que haría que la Argentina pierda credibilidad.

Milei aleccionó al Gabinete diciéndoles que no va a modificar su plan económico. Y deja entredicha su frase de siempre: “Si tengo que morir con las botas puestas, irme a mi casa o al campo con mis perros a dar conferencias y a vivir de ellas en el exterior, lo voy a hacer, pero yo no me muevo de acá”.

Esto es interesante. Mientras en el mundo la derecha trata de flexibilizar su narrativa, el que no se flexibiliza y trata de fidelizar al Gabinete es Milei. Los cohesiona con esta frase: “No me muevo ni un milímetro de acá. Nadie de ustedes que está en esta mesa se mueve”. Es un mensaje para alguien. Patricia Bullrich.

Y acá pasamos al elemento número tres. Ayer faltó Patricia Bullrich a la reunión de Gabinete. No dejó una silla vacía. Dejó un cráter. Esto está escalando.

Un poco en lo formal, no podía ir porque tenía sus cosas en el Senado. Pero todo lo otro que se dijo -y que ustedes quizá leyeron en todos los diarios- es real. De las propias fuentes de Patricia Bullrich. Está sumamente incómoda con Milei, porque no se ha hecho nada.

Bullrich viene teniendo charlas en las que trata de convencerlo. Primero, que pare de insultar. El insulto que funcionaba en 2023, en la temporada 2026-2027 no funciona. Le funciona al núcleo duro. Con el núcleo duro no se come, ni se cura, ni se educa. Ya mostró su agotamiento. La narrativa del insulto le está diciendo que no, y no es un periodista de TN ni nadie del palo. Es Patricia Bullrich, su socia del pacto de Acassuso, diciéndole: cortala con los insultos porque son piantavotos y no nos sobra nada.

Bullrich ve que no lo puede frenar ni lo puede convencer. Estaba muy enojada también con la famosa metáfora de la hoguera -los periodistas que deberían morir en la hoguera por haber denunciado a la gente-, tomada muy literal, muy fuerte y, además, muy improcedente. Y con la otra frase, la que más le enseñó el caso Libra: ¿Qué le suma al presidente en este momento seguir ensañado, cuando el kirchnerismo ya nos enseñó que una guerra contra el periodismo no sirve para nada porque no es lo que le importa a la gente?Ya lo vivimos. Es de la temporada anterior.

Milei está obsesionado, pero Bullrich no banca más este tipo de frases que alejan a su electorado del Gobierno que ella habita.

Hay otro elemento. Milei salió al balcón para mostrar cohesión y que todo marcha acorde al plan. ¿Lo vieron? Hizo algún saludo a la gente que estaba en Plaza de Mayo y mostró al Gabinete. En este momento, frente a los cuestionamientos internos -Bullrich y otros en off-, trata de mostrar cohesión. Bullrich no quería ser parte de ese balcón porque está incómoda. Por eso el faltazo.

Y ahora viene lo más importante: el rumbo económico.

Patricia Bullrich está en desacuerdo con que no haya variantes, porque cree que esto pasa de castaño oscuro. Y pasa de castaño oscuro porque hay una novedad política. Por primera vez, el propio Milei admitió -con Jonatan Viale la semana pasada- que no todo marcha acorde al plan. Lo dijo con sus palabras, con sus matices. Dijo: “Los indicadores que estamos viendo no son los que estábamos esperando”. Lo atribuyó a la suba de tasas de Estados Unidos, a Irán, a la suba del petróleo. Externalidades. Pero lo cierto es que esta pequeña frase es una gran admisión.

Milei empieza a comunicar que no todo marcha acorde al plan. De hecho, tuviste 760 y pico de puntos de riesgo país. El EMAE -que mide actividad económica- en su última medición subió 0,8%, después de haber bajado casi 3. Entonces este cerruchito que el Gobierno tomaba de modo esperanzado -sube un mes, baja otro, pero sube, pero baja, y siempre mantenía la llamita- hoy tiene la figura de un electrocardiograma más plano. Hay poco latido en algunas actividades económicas de la Argentina.

El consumo masivo también da el pulso de si el mostrador está frío, tibio o caliente. Y está tibio y está frío. En la industria, en la construcción y en el comercio.

Patricia Bullrich está tomando lo que el propio Milei reconoce y está pidiendo: ¿Hay alguna variante? ¿Hay alguna idea de rebaja fiscal? ¿Algún incentivo al crédito? Atrás de Bullrich, hay mucha gente dentro del Gobierno que piensa parecido, pero que no va a decir nada porque sabe que serán fusilados al amanecer y en plaza pública. No hay lugar para el disenso, salvo Bullrich, que tiene espalda propia. No porque sea una heroína, sino porque es socia fundadora del pacto de Acassuso: fueron con Macri, gente del PRO, a la casa de Macri, con Santiago Caputo, los hermanos Milei, y ahí sellaron un acuerdo sin foto. Todo ese pacto de Acassuso posibilitó la llegada de Milei al poder en el balotaje. Sin esa sociedad, Milei no hubiera llegado.

Lo que pasa es que los votantes de Juntos por el Cambio, del PRO, los republicanos, no están cómodos. Y hay muchos otros millones que quieren ver una economía que genere la idea de que mañana voy a estar mejor que hoy.

Bullrich no lo hace por generosa. Cuida su propia ambición presidencial y sus propios votos.

Cierro con esta idea. Estamos frente a una novedad doble.

La primera es una pregunta que va siendo cada vez más incómoda: Bullrich, que es la garante del pacto de Acassuso, que es una especie de controladora interna que va tratando de que Milei adopte algunas conductas -por ahora sin éxito-, ¿cuánto tiempo se va a quedar en el Gobierno? ¿O acaso, como dicen algunos que piensan mal, quiere hacerse expulsar, como aquel que pega alguna patada de más en un partido de fútbol? ¿Quiere estar afuera? ¿Quiere forzar cada vez más? ¿Se quiere ir?

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Hoy sería catastrófico. El que se separa, pierde. ¿Sería capaz el Gobierno de darle esa ventaja? Sería verdaderamente una catástrofe. Pero por ahora no se entiende de qué manera van a zanjar esas diferencias, que cada vez son más grandes: en las formas, en los insultos, y sobre todo en el rumbo económico.

La ausencia de ayer en la reunión de Gabinete no fue una silla vacía. Fue un cráter.

Y cierro con esto: es la primera vez, de modo consolidado y confirmado, que hay un cuestionamiento interno al plan económico. Antes había una certeza y un convencimiento general de que este plan, con más tiempo, iba a dar un resultado. Hoy, desde adentro del Gobierno -no los periodistas, no los “econochantas”-, quienes hablan en on y el resto en off no saben si este plan, planteado de este modo, es garantía de reelegir el año que viene.