Durante años, los argentinos se acostumbraron a vivir prácticamente sin crédito. Mientras en gran parte del mundo comprar una vivienda, un automóvil o incluso financiar estudios superiores mediante préstamos constituye una práctica habitual, en la Argentina el acceso al financiamiento continúa siendo limitado, costoso y, en muchos casos, inaccesible para amplios sectores de la población.
La situación resulta particularmente visible cuando se comparan las tasas que paga un ciudadano argentino para obtener un préstamo personal con las que afrontan los habitantes de otros países sudamericanos. Aunque la estabilización económica permitió una reducción de los costos financieros respecto de los niveles extremos registrados durante los años de mayor inflación, la Argentina sigue figurando entre los países más caros de la región para tomar crédito.
En la actualidad, un préstamo personal otorgado por una entidad bancaria argentina puede presentar tasas nominales anuales que oscilan entre 50% y 100% según la institución financiera, el perfil del cliente y el plazo de devolución. En el caso de algunas fintechs o créditos de menor calificación, las tasas pueden incluso superar ampliamente esos niveles.
La diferencia con el resto de Sudamérica es significativa. En Brasil van de 25% a 60%, en Uruguay de 20% a 45%, en Colombia de 15% a 35%, en Perú de 12% a 30% y en Chile de 10% a 25%, por nombrar algunos casos.
La consecuencia es evidente: mientras una familia chilena puede financiar un proyecto personal a tasas de un dígito o de dos dígitos bajos, una familia argentina debe enfrentar costos financieros varias veces superiores.
Sin embargo, el verdadero problema argentino no es únicamente la tasa que pagan quienes acceden a un préstamo. El desafío más profundo es que son pocos los que logran acceder al crédito.
Los economistas suelen medir el desarrollo financiero observando la cantidad de préstamos otorgados al sector privado en relación con el Producto Interno Bruto (PIB). Cuanto más elevado es ese porcentaje, mayor es la capacidad del sistema financiero para canalizar ahorro hacia consumo e inversión.
Al observar ese indicador, surge una realidad contundente.
La distancia es enorme. Mientras Chile posee un volumen de crédito que supera al total de su producción anual, Argentina apenas alcanza una fracción de ese nivel.
En términos simples, por cada peso que produce la economía argentina, existe mucho menos financiamiento disponible que en los países vecinos.
Chile constituye probablemente el ejemplo más ilustrativo de la comparación regional. Allí el sistema financiero logró construir durante décadas un amplio mercado de ahorro interno que permite otorgar préstamos hipotecarios a veinte o treinta años. Las familias pueden financiar viviendas, automóviles y bienes durables mediante créditos relativamente accesibles.
En Argentina, en cambio, la financiación a largo plazo prácticamente desapareció después de sucesivas crisis económicas, procesos de alta inflación, devaluaciones y reestructuraciones financieras. Hoy hay créditos hipotecarios para la compra de vivienda o prendarios, pero con tasas que contemplan la inflación y que son prohibitivas para la gran mayoría.
Los bancos prefieren prestar a plazos cortos y con tasas elevadas para cubrir los riesgos derivados de la inestabilidad macroeconómica.
¿Por qué el crédito es tan caro?
Existen varias razones que explican el alto costo del financiamiento en la Argentina.
La primera es la inflación. Cuando los precios aumentan de manera constante, los bancos deben cobrar tasas elevadas para evitar que el valor real del dinero prestado se deteriore.
La segunda es la incertidumbre económica. Los antecedentes de crisis cambiarias, controles financieros y volatilidad monetaria incrementan el riesgo percibido por las entidades financieras.
La tercera razón es la escasez de ahorro interno. Los sistemas financieros más desarrollados cuentan con abundantes depósitos a largo plazo que luego se transforman en préstamos para familias y empresas. La Argentina, históricamente, presenta dificultades para generar ese círculo virtuoso.
Por último, también influye la elevada informalidad económica, que complica la evaluación crediticia de una parte importante de la población.
La falta de crédito afecta mucho más que las decisiones individuales de consumo.
Sin financiamiento accesible, las familias postergan la compra de viviendas, automóviles y bienes durables. Las pequeñas y medianas empresas encuentran mayores dificultades para invertir, ampliar su capacidad productiva o incorporar tecnología.
En definitiva, sin crédito, o con un crédito escaso producto de lo caro que le resulta a gran parte de la población, el crecimiento individual es limitado.
