El último gol de Messi es el mejor de todos los que hizo con Argentina. El gol premium. No el más bonito ni el más importante.
Pero esos 18 segundos de gestación son un cortometraje donde aparecen la obstinación de su niñez rosarina, el control de su adolescencia en La Masía, su marca de vuelo y gambeta y una asombrosa evolución en la Selección mayor donde, cuanto mayor es él, mejor juega.
Este miércoles cumple 39 años.
En su sexto mundial alcanza 18 goles, superando a los casi 9.000 futbolistas que disputaron los 23 mundiales desde 1930, incluyendo éste.
Pero, ojo: Messi hizo un solo gol en sus dos primeros mundiales (2006 y 2010); 5 en los dos siguientes (2014 y 2018) y 12, hasta ahora, en los dos últimos (2022 y 2026).
Para el récord, convirtió 12 de los 18 goles después de cumplir los 35 años.
Vamos a ver su último gol de nuevo. El segundo del lunes contra Austria.
Falta un minuto del tiempo adicionado y un jugador austríaco intenta un centro frontal sobre el área argentina que pega en Paredes.
El rebote sale hacia la derecha, alto y con efecto, justo hacia donde está Messi, que acomoda el botín zurdo para matar el pique y arrancar como una flecha.
Es una jugada típica de él.
La lleva con toques cortitos, cinco veces, mientras detecta que por el medio del área austríaca llega Julián Álvarez, solo.
Hace una pausa imperceptible y, cuando su marcador atina a frenar, ya tiene el espacio para lanzar el pase.
Es una asistencia justa -ni corta ni larga, ni lenta ni rápida- que deja a Alvarez de cara al gol.
Julián controla de derecha y dispara de zurda, sobre el arquero que sale rápido y tapa. El rebote lo toma Paredes mientras Messi llega al área haciéndole un gesto de urgencia con las palmas. Dámela.
El pase es un poco fuerte y se desvía en un defensor.
La pelota queda atrás y Messi lleva hasta ahí la zurda para frenarla con el taco, pero la pelota no huye ni salta nerviosa para que el hombre que llega como un rayo se tropiece.
Apenas se calma. Respira hondo y corrige su curso, aún lejos del arquero que se para adelante.
El movimiento hacia atrás es sólo un correctivo para lo siguiente, que es mover el cuerpo y dar pasitos laterales amagando con la pelota hasta dejar al arquero a un costado y hallar el hueco para, al fin, patear.
El tiro termina chocando contra las piernas de Nicolas Seiwald, un volante nacido en un diminuto pueblo de Salzburgo en 2001, cuando Messi tenía 14 años y ya jugaba todos los fines de semana en La Masía.
El rebote queda a dos pasos del joven Nicolas -25 años, un metro ochenta, mediocampista del Leipzig en la bundesliga alemana- , pero a cuatro pasos de Messi.
Ambos reaccionan al mismo tiempo, y entonces sucede: el casi cuarentón da sus cuatro pasos una fracción de segundo antes de que el veinteañero dé dos, y se tira sobre la pelota como un tiburón hambriento.
El movimiento es más rápido aún que el reflejo del otro jugador austríaco que está en la línea -Kevin Danso, 27 años, metro noventa, compañero del Cuti Romero en el Tottenham inglés- quien sólo atina a mover la pierna cuando la pelota ya está adentro del arco.
Ahora, a los 39, el tiburón simula nadar más lento pero ataca más rápido.
En esos fotogramas hay control exquisito, pique, freno, asistencia perfecta, nueva aceleración, control correctivo, amague, remate y, acá está la clave: arremetida.
Así, de arremetida, son los goles que hacen los chicos en las escuelitas de fútbol o en los potreros sobrevivientes. Patean y, cuando la pelota rebota y queda por ahí, van a patear otra vez.
De nuevo. Con todo. Las veces que sea necesario.
La arremetida es la esencia del fútbol virgen. No darse por vencido. No bajar los brazos. La sinfonía de la perseverancia.
Messi renunció a la Selección, frustrado, a los 29 años.
Volvió a los dos meses y siguió hasta ganar la primera Copa América, recién a los 34. Fue el golpe que hizo caer todas las trabas./Clarín
Cuando los otros terminan, él insistía.
Su último gol es el mejor porque es su vida: Messi, de arremetida.
