Cuando interpreta su unipersonal, habla de sí mismo y de la condición humana. Le basta con pararse sobre el escenario con el alma desnuda y encendida. Boy Olmi aclara que no está actuando ni dando cátedra, aunque está ahí arriba para preguntarse quién es, a los 70. Tiene una ventaja: no necesita impresionar a nadie. Y es desde ese desenfado de sentirse sin ataduras que comparte BOY, un unipersonal sobre relatos del propio Olmi, con dirección y dramaturgia de Shumi Gauto. Lo presenta en el teatro Picadero en julio y agosto, y además incluye una gira nacional.
En el bar de Puerto Madero dondeBoy Olmi cita para realizar la entrevista, el actor y director cinematográfico explica: “Este unipersonal es sanador porque, además de ser un espectáculo, es un experimento sobre la identidad, sobre mí y sobre todos los que participan viéndolo”. Toma aire y agrega: “Es una exploración sobre por qué y quiénes somos cada uno de nosotros. Se produce una sensación muy reconfortante al descubrir que a todos nos pasan cosas muy parecidas. Que podemos creernos distintos los unos de los otros, pero que en el fondo a todos los humanos nos mueven y nos suceden cosas muy parecidas”.
Sobre la concepción de este proyecto tan personal, destaca la influencia que tuvo Shumi Gauto. Explica: “Me acorraló enfrentándome con lo que me estaba pasando a mí en ese momento de la vida. Pasamos dos años encontrándonos de un lado y de otro del río, porque ella me invitó a la Residencia Creativa del Portal del Bosque, en Uruguay. Viajé tres o cuatro veces, y ella vino en otras oportunidades a Buenos Aires. Nos encontramos cada tanto para tener sesiones muy intensas de trabajo, semanas en las que ella tomaba notas, grababa videos, registraba lo que yo estaba diciendo y lo que me estaba pasando”.

Olmi cuenta que a la autora del libro Expresión Revolución (él escribió el prólogo), la apasiona indagar sobre la autenticidad y el universo artístico de cada ser humano. Ahí quedó en evidencia ese personaje que uno arma, la identidad con la que recorremos toda la vida desde que somos niños.
“Es una armadura de protección al dolor, al miedo, al vértigo de la existencia, y con la cual después andamos toda la vida, como quien se pone un traje. Pero ese traje no está hecho a la medida de cada una de las situaciones que después transitamos, porque en la vida ocurren muchas cosas al mismo tiempo.”
Enseguida, profundiza: “En este momento se desarrolla el Mundial de Fútbol, que nos pone en estado de euforia y alegría; pero al mismo tiempo se produce el terremoto de Venezuela, que nos genera incertidumbre y una compasión profunda. Las cosas ocurren simultáneamente. Entonces, esa personalidad a veces no tiene la elasticidad necesaria para permitirnos fluir siendo nosotros mismos en todas las situaciones que nos tocan”.
Boy Olmi se apasiona con lo que considera su Ikigai (concepto japonés que se traduce como “razón de ser” o el propósito que le da sentido a nuestra vida). Se apoya en lo que ama hacer (Pasión); en lo que es bueno (Vocación); en lo que necesita el mundo (Misión); y en el impacto que puede generar para ayudar a otros mientras gana dinero (Profesión). Cree que con este unipersonal cumple con estos cuatro pilares.

“Hago un espectáculo artístico, no terapéutico, que toma una forma poética de narración, por momentos muy divertida, por momentos sorprendente. Se expone en escena lo que uno nunca dice, ni siquiera para sí mismo, casi nunca en voz alta, y mucho menos en presencia de un público que aparentemente está para juzgarnos.”
Y agrega: “He desarmado esta idea de que el público está para juzgarnos. Me he atrevido a compartir. Entonces se genera una simbiosis con los espectadores que se transforma en una ceremonia sagrada”.
“¿Quién soy?”, es la pregunta que desvela a los buscadores como Boy Olmi, cuya respuesta no se encuentra en Wikipedia, donde se enumera cada hito de su larga trayectoria artística. Esa pregunta medular intenta trascender la imagen que proyecta cada uno de sus recordados y admirados trabajos actorales y como cineasta.
“Preguntarnos quiénes somos es un interrogante que se renueva, porque tiene que ver con estar en el presente que nos toca en cada momento. No es algo que se puede asir, no es algo que se puede aprehender y quedar fijado”.
Pero para desentrañar esa verdad esencial, Boy no sólo fluye en el presente, sino que también indagó su pasado. La investigación incluyó a sus 16 tatarabuelos y así pudo reconstruir su árbol genealógico. Descubrió que sus raíces son tan diversas que incluyen ancestros de origen italiano, español, judío, francés, alemán, ruso y árabe.
“Creo que la búsqueda hacia atrás tiene que ver con tratar de comprender cómo se va armando la escena en la que finalmente estamos en este momento. También lo podemos vincular con los pueblos que somos, a porqué los argentinos somos como somos. Descubrí las diferencias y las similitudes. Que podemos tener orígenes diferentes, religiones distintas, venir de países opuestos, pero que al mismo tiempo hay algo que nos conecta con la emoción, porque todos somos hijos de alguien. Y en esa condición de hijos construimos una relación con el resto del mundo.”
No es tan casual que con Boy Olmi (nombre real: Carlos), se haya seguido una tradición familiar, ya que así se llamaban su padre, su abuelo y su bisabuelo. Por supuesto, su único hijo también heredó el nombre.
“Ese legado, me lo cuestioné toda la vida, y es algo que entre otras cosas trato en la obra. Porque descubrí que, probablemente, en el nombre que le ponemos a las personas, o que nos ponemos o que nos ponen, también hay cargas que vienen de historias ocurridas en el pasado. Después de cuatro generaciones de primogénitos llamados igual, mi hijo logró cambiar ese paradigma. Por lo pronto teniendo una hija mujer, una primogénita que se llama Sira y acaba de cumplir un año.”
El abuelazgo para Boy Olmi es una revelación. Está maravillado al descubrir que a los 70 vive experiencias con su nieta que jamás había imaginado. “Ser abuelo me conecta con cosas muy hondas de la condición humana, además del amor infinito e incondicional que uno siente por la descendencia. Básicamente por el hecho de asistir al milagro de la vida en el estado más puro en que se encuentra un bebé, con más años que los que tenía cuando fui padre.”
Boy Olmi fue padre de Carlos (fruto de una relación anterior a la que mantiene con la actriz Carola Reyna desde hace 30 años) cuando tenía 35. Y ahora su hijo, que tiene 34 (es musicoterapeuta, carpintero y buscador espiritual), lo convirtió en abuelo. “Asisto asombrado y admirado por cómo es la inteligencia de un ser humano antes de usar las palabras, antes de tener incorporados todos los mecanismos, antes de estar defendido con esa estructura que se va armando a partir de sensaciones y emociones. Entonces estoy asistiendo al milagro de la construcción de una persona y con una mirada enriquecida por las cosas que me han pasado.”
Este señor de ojos muy celestes y pelo muy canoso y revuelto con el que compartimos la segunda vuelta de café, puede dar la sensación de ser tan etéreo como sus investigaciones existenciales. Aunque es el mismo que muchas veces está obligado a enumerar sus tips terrenales para conservar una relación de pareja tan idealizada, como la que mantiene con Carola Reyna. En tiempos de amor líquido, perdurar tan enamorados parece un caso serio de estudio.
Cuando habla de Carola, sus ojos celestes adquieren un brillo distintivo. Confiesa que la idea del amor va mutando. “El enamoramiento es una especie de alteración de la realidad que se produce con el deslumbramiento. Eso nos da una especie de deseo magnético. Cuando pasa el tiempo, eso mismo se traduce en un bienestar más pacífico, en una elección más consciente, en una modificación de hábitos y, al mismo tiempo, en construir algo que se va ensanchando.”
Hace una pausa y se da impulso para completar y ampliar. “Es como cuando vos tenés una casa vacía y la empezás a habitar con objetos que tienen historia. Así comienza a haber una riqueza en esa casa que está llena de distintos rincones y momentos que obedecen a diferentes climas. Muy distinto a lo que era llegar a un salón vacío por primera vez y habitarlo con alguien. En la relación con Carola, la casa de nuestras almas está llena, como nuestro departamento está lleno de objetos y recuerdos, y también de espacios vacíos para ser llenados con novedad.”
También aclara que su búsqueda espiritual no lo convierte en una persona que vive aislada, ni en un estado de gracia y equilibrio permanente. “Vivo en una ciudad como esta, sometido a las presiones que tenemos todos. Soy el mismo caminando en medio de la nieve en la cordillera, que cocinando en MasterChef o bailando en lo de Tinelli. No soy otra persona. Lo que trato es de que, justamente, ese entorno no modifique mi esencia. Por eso siento tan valioso este espectáculo en donde encontré una manera de comunicar algo que no es sobre mí, sino sobre todos nosotros.”
Destaca la importancia de las redes sociales para comunicar sus trabajos, pero explica que es consciente de que son una herramienta de manipulación.
“Creo que Instagram es como si fuera una cocaína hecha a la medida de cada uno. Nos empiezan a llegar contenidos que nos generan adicción. Es como si leyeran mi mente y me dieran lo que más me gusta. Las redes y la tecnología están atrofiando nuestro sistema cognitivo a punto tal de que empezamos a perder conexión con las cosas».
Y sigue: “Como herramientas son fabulosas. Por ejemplo, en este momento estás usando un teléfono para grabar la entrevista. Pero cuando, por ejemplo, acudimos al GPS para que nos oriente en una ciudad que conocemos bien, estamos siendo trasladados por una máquina, en vez de por nuestros sentidos alertas. Podríamos elegir por dónde pega el sol, cuál es la avenida arbolada por la queremos circular. No siempre se trata de ir por el camino más veloz”.
-Con tanta terapia realizada, con tanta investigación espiritual, ¿hay alguna pregunta que todavía no podés responder?
-(Se queda pensando unos 30 segundos). Fíjate la longitud de esta pausa. Yo te diría: ¿qué hay en este enorme silencio que me provoca tu pregunta? Eso sería lo que aún no puedo responder.
